Me quedaba solo en una playa desierta. Quizá tenía ocho o nueve años. Con las horas, comenzaban a llegar los bañistas, quizá extrañados al ver a un niño solo, bajo una sombrilla, jugando con la arena. Un niña francesa me gustó y, como una canción infantil, me aprendí de memoria su dirección en francés para escribirla, aunque no recuerdo que le enviase ni una sola carta.
Tiempo después, hice un amigo que me maravilló con su caja de magia Borrás, en una tarde de admiraciones y sorpresas. Eran vacaciones de mi infancia y primera juventud, donde empezaba a descubrir el mar y el otro sexo, con la banda sonora de las olas y las canciones triunfantes de cada verano. Días de arena e intentos de pesca, con una caña artesana de sedal y anzuelo del mercadillo de los jueves. Algunas noches comía pipas en el cine nocturno al aire libre, mientras veía películas baratas, oliendo el aroma de la hiedra y el azahar.
Un estío buceé en el Mar Menor entre cálidas burbujas y caballitos de mar dibujados por un niño risueño. Hacía amagos de baile en discotecas nocturnas y en los sueños reinaba una doctora de cabello rizado.
Más tarde vendrían los veranos en un pueblecito de la meseta castellana, aunque en realidad, las casas se apiñaban en el horno desesperante del fondo de un valle. Allí pasaba los días calurosos en la piscina y las noches frescas de los primeros cigarrillos, bajo las sombras duras de olmos enfermos y agonizantes, con partidas de mus interminables y fuegos artificiales en septiembre. Por entonces, jugaba a estar enamorado de una joven de la que aún recuerdo el nombre y los dos apellidos, como si fuese una marca indeleble e importante.
En los siguientes meses de agosto, anduve por España con mi primer automóvil como un aventurero aficionado. Kilómetros de sierras y ciudades, montañas cubiertas de nubes grises y carreteras sinuosas de las costas. Conocí rincones secretos y maravillas góticas y ya había hoteles donde me saludaban por mi nombre.
También he acabado veranos delante de pantallas de ordenador, disimulando el calor con gráficos de alta calidad y chats con amigos lejanos.
Con todo, como un Ciudadano Kane sin fortuna, aún recuerdo aquella arena de la primera playa y aquella primera niña, francesa, morena y de ojos muy azules...