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La Coctelera

Categoría: Catedral

2 Noviembre 2005

Catedral (IV)

IV

La mañana había sido agotadora: la investigación en la catedral, las entrevistas con los demás curas que allí servían, el cambio de impresiones con el jefe de policía de la ciudad, el acoso de la prensa, las llamadas del Obispado, de la Jefatura Superior, del Delegado del Gobierno...
Después de comerse un bocadillo, bastante malo por cierto, con cierta tranquilidad, tras haber esquivado a los medios de comunicación, en un bar cercano, volvió al edificio gótico, pero entrando por la puerta de la Coronería.
Después de saludar al agente que custodiaba la entrada, entró en el templo vacio y bajó por la Escalera Dorada, la cual se decía que había sido copiada para la construcción de la que se encontraba en el edificio de la Opera de París.
Andó hasta entrarse en el centro del crucero y miró, curiosa, cincuenta metros más arriba, hacía el lejano cimborrio. Había leído esa mañana, en una guía una frase de Felipe II, con la que estaba totalmente de acuerdo, sobre tan magnífico lucernario: "que más parecía obra de ángeles que de hombres". La luz tenue de la tarde que caía desde lo alto daba un aire de ensueño al momento.
En aquel silencio que olía levemente a incienso, cera y humedad, sopeso el gran espacio que ocupaba la enorme iglesia. Imaginó los altos andamios, los esforzados trabajadores, los escultores pacientes, los hábiles canteros, los herreros, carpinteros, arquitectos levantando, poco a poco, en el transcurso de largos años, piedra a piedra, talla a talla, reja a reja cada arco, cada arbotante, cada contrafuerte, cada bóveda, cada columna... Vio izarse paredes, naves, capillas, corredores y vidrieras como en una cámara acelerada. Sobre ella volaban sillares, estatuas de piedra, tallas de madera, gárgolas, lámparas que se encendían, libros, bancos... y se colocaban, como por arte de una magia constructora, cada una en su sitio, como una sinfonía del movimiento, para el transcurso de los siglos.
Se sentó en un banco frente al retablo mayor y, después de admirar unos minutos aquel conjunto dorado y abigarrado de imagenes y devoción, repasó todo lo que tenía. A falta de los datos del laboratorio, se encontraba con las manos vacías. Las huellas del calzado no dirían mucho y no sé encontraron encima del cadaver ni hebras ni cabellos ni restos de otra sangre que la del finado. Los interrogatorios que hizo a otros sacerdotes de la catedral no revelaron enemigos conocidos ni, al parecer, motivación alguna. Al día siguiente, pensaba acercarse al Obispado para investigar en los anteriores destinos del cura fallecido. Le extrañaba lo facilmente que el asesino pudo entrar y dedujo que quizá se disfrazara de clérigo...

En estos pensamientos, y otros semejantes, estuvo unas dos horas en completa soledad, ya que ella misma había dado ordenes, con el consentimiento teléfonico del Obispado, de que se suspendiesen todos los actos religiosos hasta nuevo aviso.

Con no leve sobresalto, oyó una voz llamándola en la oscuridad:

- Señora, ¿esta usted ahí?.- preguntó el joven que la acompañó por la mañana.
- Por favor, llámeme Mariam.- contestó al reconocer la voz, volviendo a poner la cinta que sujetaba la pistola en la cartuchera.
- En ese caso, mi nombre es Joaquín.- dijo él, saliendo de las tinieblas y dirigiéndose hacia donde estaba sentada con una sonrisa. No escapó a sus ojos el brillo del arma que ella ocultó con discrección.

Bajó aquella luz suave, el rostro del hombre le pareció muy bello y, avergonzándose de si misma, reconoció que era la primera vez que le prestaba realmente atención y que el sentimiento no era lo "puro" que la situación y el lugar requerían.

- ¿Quiere un café?.- Ofreció él.
- ¡Encantada!.- Y nada más decirlo se dio cuenta de que había puesto demasiado enfasís en la palabra.

29 Octubre 2005

Catedral (III)

III

Era un pueblo muy pequeño. Tan solo unas casitas desperdigadas por la montaña, un ayuntamiento y una iglesia pre-románica. Parecía, en la distancia, como si aquellas casitas de juguete se hubiesen caído, accidentalmente, del bolsillo de un gigante distraído: tal era el desorden y el tamaño del pueblo.
En una de aquellas casas vivía Lucía, una linda joven de quince años, con sus padres y Luis, un hermano más pequeño que ella. La adolescente era la joya del lugar: sus intensos ojos azules, su cabello negro y largo, su figura suave y proporcionada era la pasión de los jóvenes de esa y otras aldeas de alrededor. Además, tenía un caracter simpático, alegre y despierto. Un poco sabedora de su propia belleza, caía como es normal, y más a esas edades, en un desprecio por los chicos que la adoraban y perseguían. Para Roberto, su padre, y Lucía, su madre, aquello era un sinvivir y, más de una vez, tuvieron que largar a los zagales que rondaban la casa, atraídos, sin duda, por el canto de sirena de la muchacha hermosa.
Así, vivía Lucía, a diario, entre el colegio, que quedaba en un pueblo más grande y a unos cinco kilómetros de su casa, y las tareas que sus padres la mandaban. Los fines de semana eran para sus coqueteos con los mozos y los juegos con las pocas amigas que allí vivían.
Y todo fue bien, hasta aquella tarde aciaga. Cuando volvía del colegio, cerca ya de las primeras luces del pueblo, su amiga Esther, que la acompañaba en sus idas y venidas, salió corriendo al recordar un tarea familiar no cumplida y Lucía se quedó sola caminando hasta el hogar que ya divisaba. Sintió miedo sin saber porque y a continuación oyó unas ramas que se movían. Alguien la acechaba desde detrás de un arbusto, al lado del embarrado camino.

28 Octubre 2005

Catedral (II)

II

Había sido relativamente fácil acabar con la vida de aquel desalmado. Cogerle por detrás, clavarle repetidamente el cuchillo, en el costado primero y luego entre las costillas - buscando el corazón - y tapándole la boca para que nadie oyese el grito sordo que se ahogó contra mi mano. Allí quedó, tumbado en un charco de sangre muy roja y su uniforme de buitre negro. Creo que nadie me vio ni entrar ni salir de la catedral... era muy temprano y llovía fuerte y hacía frío. Pero ya está, ya me vengué. Ese no va a repetir más algo como aquello...
Conduje a toda prisa hasta casa y casi me salgo de la carretera bajo la lluvia. Entre el agua y la sangre, me he tenido que mudar de arriba a abajo después de una ducha estupenda.
Con los guantes y traerme el cuchillo, no creo que hayan quedado pruebas que me acusen. Quemar todo, ropa y botas incluidas y a otra cosa. Nada me puede relacionar con un muerto a kilómetros de aqui... ¡Se lo merecía el muy cerdo!. Ahora un café bien fuerte y a currar... como si nada hubiese pasado. Después de tantos años...

--- ooOoo ---

Mariam, después de pasar junto al coro y la puerta del Sarmental, distinguiendo aun al joven, cada vez más lejos, que se movía sobre aquel suelo encerado, con la agilidad de un patinador, esquivando columnas como enormes árboles de piedra y confesionarios agazapados, llegó al claustro bajo y vio el cadaver negro en el medio de un gran charco de sangre. Rodeando este, huellas rojas que iban y venían.

- ¿Han tocado algo?.- preguntó ella.
- No, aún esperamos al forense que dijeron que mandarían.- respondió el sacerdote intentando no posar sus ojos aterrados en el cuerpo quieto.
- Supongo que llegarán antes los de huellas, a los que he avisado yo.

La mujer inspeccionó las galerías circundantes y más minuciosamente, pero sin posar sus dedos sobre nada, unos cuantos metros alrededor del muerto. El cura veía como se acercaba, se alejaba, se agachaba, como si fuese a pintar un cuadro de la escena y comprobase la perspectiva.
Ella contó, pon encima, unas tres heridas profundas en el costado y dos más sobre el pecho... una de estas, seguró que le atravesó el corazón, pensó. Hay muchas huellas, demasiadas... Los chicos van a tener trabajo. He contado al menos cuatro personas distintas, incluido este curilla asustado que aún tiembla. Él tambien lleva botas de goma...

- ¿Puede enseñarme las suelas de sus botas?

Un sentimiento de culpa sin sentido salto al rostro blanquisimo del joven y lo tiñó de tal forma que casi parecía que buscaba ponerse a tono con la escena.

27 Octubre 2005

Ya está, escribiré aqui mi cuento (o mi novela, ya veremos) y a ver hasta donde llego:

Catedral

I

"Hacía frío aquella mañana del mes de febrero en la ciudad. Sobre un cielo gris oscuro, se recortaban los pináculos calados de las torres de un gris levemente más claro. Los reflejos de las luces azules de la policía saltaban sobre las estatuas de los santos, los ángeles, los obispos, los reyes y descubrían caras tristes o solemnes. Se volvió dorada, la luz, en la corona de la virgen sobre la fuente que preside la plaza. Mariam, desde lo alto de las escaleras que conducen a la puerta principal, miró el enorme edificio con admiración. Allá arriba -sintió un punto de vértigo- se divisaban las dos agujas afiladas disparadas a lo alto. Una ráfaga de viento agitó su abrigo y un escalofrío recorrió su cuerpo durante un instante. Unos metros más atras, el cordón policial retenía a los curiosos, pero no los murmullos y las hipótesis. Una anciana abrió, curiosa, un ventanal sobre la tienda de recuerdos. Un niño comenzó a llorar y la lluvía, que parecía esperar esa señal infantil, empezó a derramarse lentamente sobre todo.
El jóven sacerdote salió a recibir a la mujer policía con un paraguas negro, aún cerrado, bajo el brazo.

- ¿Mariam Rodríguez?- preguntó él abriendo el protector y cubriendo a la mujer.
- Sí.- contestó ella, con una media sonrisa algo forzada.- El padre Santiago, supongo...
- Sí, por aqui, por favor.- continuó el cura, cogiendo el brazo de la detective.- ¿Qué tal el viaje desde Madrid?.
- Bien, gracias.- Terminó ella guareciendose como podía.

Las dos figuras, bajo el paraguas, fueron seguidas por todas las miradas, mientras entraban en la catedral: los espectadores, los agentes, las cámaras de las televisiones que llegaban en ese momento como siguiendo una orden muda. Las finas gotas de lluvía, rebotaban contra el suelo y la fachada, ahora algo más gris. Y de repente, al faltar los actores principales, un ángel de silencio cayó sobre la pequeña plaza, directamente desde el rosetón que lo vigilaba todo con su ojo inmenso y coloreado.

Dentro, el silencio alado se convirtió en pequeños ecos repetidos. Pasos que salían del suelo y buscaban una altura inconcebible. El efecto, habilmente buscado por los constructores, hacía que uno mirase inmediatamente a las alturas y la mirada se perdía en aquellos arcos apuntados, en un espacio que parecía levitar. La intención, que se conseguía siempre en los nuevos visitantes, era elevar las miradas y las almas de los hombres que allí acudían desde 1260, año en que se consagró el edificio. Mientras andaban, Mariam, atraida por el sonido de una campana, se fijó en la estatua sobre el reloj de lo alto: un hombrecillo gracioso que comenzó a abrir y cerrar la boca; daban las nueve en la catedral. "El Papamoscas" le llamaban.
Intentando no quedarse rezagada del joven que la precedía, distraida, casi chocó con los bancos de la nave central y creyó adivinar una sonrisa en la nuca rasurada del guia enlutado. Quizá con algo de razón, Mariam se consideraba un poco desmañada.

- El cadaver esta más adelante.- gritó él, pero con una voz controlada, acostumbrada a proyectarse y no producir apenas eco en aquella nave pétrea y detenida en el paso de los siglos."

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Podeís, si os apetece, dar vuestras ideas y sugerencias para este proyecto de cuento o novela. Las más originales, o divertidas, o interesantes, intentaré incluirlas en el relato.

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The current mood of Bluesea at www.imood.com Soy como soy: un amante de la vida en general y de todo en particular. Puedo disfrutar de la misma manera de una obra de Juan Sebastián Bach que de una hamburguesa con patatas, en compañía de un buen vino y un buen amigo. Enamorado del cine, de la literatura, del vuelo y la velocidad, de la pintura y la música bailable. Adoro defender al ser humano y a los animales. Me considero más budista que cristiano, aunque admiro la figura de Jesús. Estoy en contra de la guerra, la injusticia, la avaricia, el machismo, la violencia y todo aquello que dañe al otro. Humano en fin, lleno de defectos y con algunas virtudes. Si perdono a otros sus tonterías, ¿cómo no perdonar las mías?.

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