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La Coctelera

Categoría: Cuentos propios

28 Febrero 2006

Me levanté, con mi tos habitual, y según me preparaba el café, lo pensaba. “Jo, ahora que están con esto del tabaco... me podría plantear el dejarlo. Bueno, mañana me pongo a ello... aunque en realidad es porque me apetece dejarlo, no por que lo digan ellos... ¡hasta ahí podríamos llegar!... ¡Panda cabrones!”.

Sentado en el taburete de la cocina seguía pensando mientras me encendía el primer cigarrillo del día. “¡Y qué buenos que están los putos cigarrillos!” – tosí varias veces, durante la primera calada, para contradecir a mi propio pensamiento – “¡Joe, esté me ha sentao mal...!, ¡uff..!”. – unas lágrimas afloraron en mis ojos – “¡Na, que este no le acabo!, ¡¡qué asfixie..!!.“ Pensé apagándolo a la mitad.

Me preparé para pasar un tranquilo domingo hojeando el periódico y lo primero era, como no, bajar al kiosco a por el diario y la ración de tabaco del día: dos cajetillas. Una nueva calada y oí un golpe pequeño, metálico, en el dormitorio. “¡Este gato! ¿Qué estará haciendo el mamón de él?...” - Mizifú, cabrón, que coño haces! – le grité sin verle ni saber donde estaba. Me vestí deprisa y corriendo y empecé con el ritual de todas las mañanas de mi vida: buscar las llaves y el tabaco. Tardé media hora en encontrar las llaves, tiradas en un rincón del dormitorio. “Este gato jodido... ¿ahora va a pillar las llaves?. ¡Joe, sería lo último... jejejjje!, ¡qué cogiera las llaves y se pirase...!” – me reí a conciencia yo solo.

Bajando las escaleras, me encendí un nuevo cigarrillo, que toleré algo mejor y volví a notar aquella sensación de pequeña opresión en el pecho: “un día de estos palmas, fijo... de una de estas no te salva ni el apuntador... dos telediarios te quedan, pero de algo hay que morir ¿o no?”. La del kiosco estaba en plan conversación intensa, pero cogiendo mi periódico y dos paquetes de tabaco y pagando, me fui sin despedirme y dejándola con la palabra en la boca. “Será cacatúa la tía esta, ¿pues no se enrolla como las persianas?. Anda a narrar a tu tía la del pueblo, so cotilla... Así, va el país... Y a estas horas... joe, que no han puesto ni las aceras, hombre...”.

Ya en mi sofá favorito, con mi diario en la mano y un café en la mesita, me encendí el tercer cigarrillo. Este ya me supo a auténtica gloria. Con el mando a distancia, conecte el equipo y comenzó a sonar el “Smoke on the water” de los Deep Purple, a toda caña. Los jarrones temblaban, los cristales de la ventana vibraban y el vecino no tardaría en bajar. “Ahí se joda el cabrón ese... ¿no llegó a las tres de la mañana y se lió a andar por toda la casa y a ducharse...?, y para colmo: ¡polvete con la parienta...!, ¡¡y que no paraban los tíos...! y que ahora tú cariño y que así me gusta mi vida y que sí, más, más que me vuelves loco...” - ¡¡pues ahora os jodéis y a madrugar se ha dicho...!! – grité al techo. “Qué son casi..” - ¡¡¡coño, las once... el partido!!!. Quité rápidamente la música y puse la televisión... pero eso sí, a todo volumen: mi venganza sería eterna. - ¡Campeones, campeones, oeeeoeeeoeeeeeeee... – canté a pleno pulmón, mientras daban la repetición del Madrid-Barça del sábado por la noche.

Para festejar, me encendí otro cigarrillo de forma automática y terminé el café sin despegar la vista del televisor. “¡Pero será cabrón... ¡tira, coño...! ¡¡joder con estos tíos...!!, ¡¡y con lo que les pagan!!... ¡¡¡tira, tira tira!!!.... ¡venga hombre, ¿será gilipollas no va y lo falla?. ¡Qué esa la mete mi madre que estaba paralítica!, ¡¡cabrón!!... ¡Así, así, así..!, ¡más... más... ahora, ahora...! ¡¡¡naa... lo que yo te digo... ¡Qué nos van a pulir el partido!, ¡panda cenutrios, que sois unos cenutrios...!. ¡Ahí está, metele la pierna, dale...!. ¿Y va y se tira? ¡¿Será marica?!, pues no tiene teatro... ¡¡anda al María Guerrero, Sofía Loren!!”.

Como esperaba, minutos después llamaron a la puerta. “Pues te va a abrir Rita la cantaora y su corte de camborios, en procesión hacia el cielo, cantando el “onli yu”... porque lo que soy yo, lo llevas claro... sí, si, tú llama... será cabrón... a que me funde el timbre... No, si aquí van haber hondonadas de ostias...” ¡Qué ya voy...!. ¡Qué voy...!. ¡Si es que no se entera uno con la tele...!.- dije bajándola hasta casi eliminar el sonido.

El vecino, en pijama, me miraba con cara de pocos amigos al otro lado del umbral.

- ¿Tiene la tele un poco alta, no, vecino?.- Me preguntó enfadado.
- ¿Quién, yo?. Se equivoca usted, don Javier... Va a ser mi vecina, la abuelilla que como anda un poco sorda y es del Barça, pues ya sabe... la sube, la sube y cuando se quiere uno dar cuenta la oyen en Sebastopol. ¿Se lo ha dicho a ella?.
- Vecino, la abuelilla, como usted dice, murió hace dos meses.
- ¡Anda, pues es verdad...!, pues entonces no sé... Porque aquí, no, ¿eh?.- entorné la puerta para que lo comprobara. - Aquí, bien bajita, que hay que pensar en los vecinos...
- Pues sí es así, muchas gracias. Perdone... preguntaré en otra puerta.- dijo y cerré la puerta mientras se iba.

Ya detrás de la puerta cerrada, casi me desternillo de risa. ·”¿Será capullo?, lo mismo hasta se lo ha creído el muy bobo”. Pensé subiendo la televisión al máximo... “Lo malo es que me estoy perdiendo el partido con el soplapollas este”.

Me senté y pensando en el vecino, me encendí otro cigarrillo... En ese momento, la mesa que sostenía el televisor se inclino de golpe y el aparato y la mesa cayeron contra el suelo, explotando aquel, con un sonido sordo, al golpear el cristal contra el duro suelo de terrazo.

“Anda la ostia...”.

“Pues no me he quedao sin tele... joe, que flipe...”. Un silencio enorme se extendió por toda la casa, al igual que el olor a plástico quemado. De un salto, desconecté lo que quedaba del aparato y me quedé buscando el origen de la caída... “Esto ha sido el puto gato, que le ha hecho algo a la mesa.... A ver... una, dos, tres... tres... ¿y la otra pata...?”. ¡¡Mizifú ¿donde está la cuarta pata de la mesa...?!!. ¡¿Cómo coños te has podido llevar la pata de una mesa, so maricón...?!, ¡¡hijo de gata...!!.

Busqué por todos lados a mi gato persa y no apareció por ningún sitio. Me lo imaginaba todo gordo, con su pelo blanco, sus ojos azules y grandes muy abiertos y moviendo la cola, como hacía siempre que le llamaba, y pasando de mí olímpicamente... como siempre. - ¡Mizifú, bonito, ven...! – usaba mi tono más cariñoso - ¿dónde coño estás?, ¡ven con papá, ven...!, ¡¡qué te voy a abrir en canal...!!. “¿Quién coños me mandaba comprar un gato persa...?. ¡Con la pasta que me costó...!. ¡¡Gatos españoles joe, como lo de la tierra nada...!!”. - ¡Mizifú, no te escondas cabrón, que te voy a enseñar lo que puedes hacer con la pata de una mesa so maricón peludo...!. Una tele estéreo de no sé cuantas pulgadas... ¡Cómo lo encuentre, se pira de esta casa, vamos que se pira...!. ¡Si te voy a encontrar...!.

Media hora después, el gato seguía sin aparecer y decidí tomarme un descanso, después de recoger el estropicio y bajar el televisor defenestrado al trastero. Me senté de nuevo en el sillón y con una cerveza fría sobre la mesita, me encendí otro cigarrillo. De repente, la botella de cerveza se estrelló contra el suelo. Miré al suelo atónito y allí vi los vidrios verdes, el liquido amarillento y espumoso y nada más... Me quedé helado.

“¿Y la mesita?. ¡Qué coños me pasa... hace un segundo, aquí estaba la mesita,,, y ahora...!”. Le di una nueva calada y la lámpara de pie, la del rincón, suavemente, según echaba yo el humo, desapareció paulatinamente... Me froté los ojos y volví a mirar al rincón vacío... Miré el hueco de la mesita y di una nueva calada... Esta vez la librería se desvaneció... “¡¡¡Coño, me he vuelto loco...!!!. ¡Joe, ¿qué tienen estos cigarrillos...?!. ¡Hoy no les he puesto nada...!”. Otra calada más y al echar el humo... ¡¡me caí directamente al suelo!!. - ¡¡¡Joder, qué daño, qué culatazo...!!!. ¡¡Ay...!!. Me froté el culo y alucinando me di cuenta de que el sofá había desaparecido.... “Tío estas perdiendo la chaveta.... Definitivamente te has vuelto loco... Están desapareciendo las cosas... ¡¡Ah, coño... la pata...!!. La mesita de noche... la mesita de noche no estaba... ¡¡claro, por eso cayeron las llaves..!!. Y el gato, también ha desparecido, mi gato, mi pobre gato... ¡¡Mizifú, cariño...!!. ¡¿Dios, que me esta pasando...?!.” Apagué el cigarrillo sobre el mismo suelo y maquinalmente encendí otro de puro nervio que era...

Me levante y miré por toda la casa. Habían desparecido multitud de objetos. Había algún cuarto totalmente vacío. “¡Esto es de locos!. ¡¡Mamá!... ¿¡Pero que coños está pasando!?. ¿Y mis cosas?”. De pronto, al dar una calada y ver como la taza del vater se esfumaba, asocié los dos actos y miré el cigarrillo con estupor. Miré el espacio vacío en el cuarto de baño y volví a dar una calada. Lentamente, solté el humo y vi como un cuadrito con la fotografía del Acueducto de Segovia, desaparecía lentamente ante mis ojos. Toque el espacio, pero allí no había nada. Me di una sonora bofetada, pero el dolor me recordó que estaba despierto, que aquello no era un sueño. Otra calada y la lámpara del pasillo se disolvió, otra más y la puerta del dormitorio, aun otra y el paragüero se fue.
En un segundo, tiré el cigarrillo y lo aplasté con el pie y con toda la energía y peso que pude. Me prometí solemnemente no volver a fumar en lo que me quedase de vida.
Jamás he podido explicar donde se fueron mis cosas y mi gato. Tampoco se lo conté a nadie. No quería pasarme el resto de mi vida en un manicomio. Con lo poco que me quedaba, decidí no experimentar más. Tampoco sabía si la cosa afectaba a objetos fuera de mi casa o a objetos de otras personas. Alguna vez estuve tentando de encender un cigarrillo, pero tuve miedo de desaparecer yo mismo. Con los 41 años que llevaba fumando, ¿habían ido despareciendo objetos o personas del mundo por mi culpa sin que yo lo supiese?. Jamás lo supe.. ni supongo que lo sabré nunca. Cuando veo a alguien fumar cerca de mí, vigilo por si algo desaparece.

Dedicado a mi amigo Frederico.

27 Febrero 2006

Decidimos construir las torres cerca de aquella pequeña ciudad, para controlar mejor los efectos que se producían. Eran cuarenta gigantescas construcciones de acero y hormigón preparadas para soportar vientos de hasta doscientos kilómetros por hora y terremotos de fuerza ocho. La idea y el diseño me llevaron seis años y cuatro llevó la ciclópea construcción.
Habíamos elegido precisamente aquella población por sus escasas lluvias. A pesar de su cercanía al mar, los campos cercanos estaban agostados y los depósitos de la ciudad siempre estaban bajo mínimos. El turismo y los servicios habían pasado a ser los sectores que hacían sobrevivir, a duras penas, a los habitantes preocupados de lo que fue un pueblecito pesquero. Aún así, todos los veranos se tenía que suministrar agua a la población con camiones-cisterna que venían de lejos.
Ahora, desde casi cualquier edificio de la ciudad, podía verse aquella hilera de torres grises, a pocos kilómetros del centro urbano. Sobre cada una, los sistemas de frío y, sobre estos, unas antenas de comunicación y control y pararrayos, culminadas por luces rojas de alerta, para la aviación. Por la noche, aquellos descomunales cíclopes de ojos carmesíes parecían cuidar del sueño de todos los durmientes.
¿El objetivo?. Conseguir que lloviese sobre la ciudad y los campos cercanos, una superficie aproximada de veinte kilómetros cuadrados, a voluntad de los ciudadanos.
El funcionamiento, complejo, se basaba en aprovechar las corrientes de aire, cálido y cargado de humedad, que llegaban del mar y se adentraban en la costa, frenarlas y enfriarlas con las torres y conseguir, en teoría pues nunca se habían probado realmente, nubes de lluvia. Intrincados cálculos matemáticos, físicos, geológicos, atmosféricos y meteorológicos, miles de planos y bocetos, profundos estudios de millones de factores, cientos de miles de procesos en seis ordenadores, nos habían dado las superficies ideales de las construcciones, sus alturas y la temperatura a la que, mediante unas gigantescas máquinas, tuberías y difusores, tendríamos que enfriar el aire. De esta manera, esperábamos que sobre cada torre se condensara cada vez más humedad y esta, cada vez más fría, formase, poco a poco, pequeñas nubes. Evidentemente, todo funcionaba estupendamente en las simulaciones previas, tanto en las digitales como en los modelos detallados que hicimos a escala en los laboratorios, pero nunca lo habíamos probado en la realidad.
Aquel domingo, el de la primera puesta en marcha de la maquinaria, el sol brillaba en un cielo claro y limpio sobre los tejados de la urbe. La multitud, convocada por el ayuntamiento, abarrotaba inquieta la plaza mayor. Mis ayudantes y yo ocupábamos una gran mesa, sobre una tarima central, cubierta convenientemente por un toldo.
Alrededor, familias enteras se habían reunido para ver el prometido espectáculo. Algunos llevaban pequeñas banderas, otros pancartas; muchos comían, cantaban; los más esperaban. Había allí, apretados o en pequeños o amplios grupos, también vendedores de comida, refrescos y chucherías, con sus curiosos carritos colmados en difíciles equilibrios; servicios sanitarios compuestos por varios médicos, enfermeras, camilleros y ambulancias; varias dotaciones de bomberos con sus enormes camiones-bomba y sus autos de apoyo; policías uniformados y antidisturbios; técnicos en electricidad y alcantarillado; periodistas y sus equipos de televisión y radio, de varios países, que llegaban a varios centenares y entrevistaban a todo el que tuviese algo que aprobar, comentar o criticar... Por todo el planeta, se había extendido la noticia de la prueba de la maquina de lluvia. Calculé, por encima, unas doscientas mil personas en la gran plaza y en las múltiples calles aledañas. Tristemente, no descubrí ni un solo paraguas, lo que me señaló la poca confianza que había en el éxito de la empresa.

A las doce en punto, nada más sonar las campanas de la vieja iglesia y, tras unas breves palabras del señor alcalde, di la orden, por radio, a la estación de control, situada en las inmediaciones de la primera torre. Tras unos instantes de tensa espera, un suave zumbido llegó desde la primera atalaya. La multitud quedó en silencio, fascinada y a la espera de acontecimientos. Como estaba previsto, tres minutos después, otro zumbido paralelo nos confirmó que la segunda torre había cobrado vida. Así, paulatinamente, y como saltando de una a otra, todas entraron en funcionamiento y la impaciencia de la gente, como sus murmullos de duda y aprobación, fue creciendo. Unas dos horas después, todo el sistema estaba activo. La espera, paliada sabiamente por las autoridades con unas actuaciones musicales, había finalizado y todo el mundo, gradualmente, volvió a guardar silencio. El ruido, algo más fuerte, se extendió como un presagio verde sobre toda la ciudad silenciosa. Miles de ojos miraban hacia el cielo claro esperando la más mínima señal de lluvia.
Pasaron algunos minutos más sin que nada sucediese, pero, tal como mi equipo y yo habíamos supuesto sobre cada torre comenzó a formarse una pequeña neblina. El público, al descubrirla, comenzó a aplaudir y vitorear.
Di orden de aumentar la potencia, subió consecuentemente el volumen del zumbido, e instantes después las neblinas se fueron condensando en pequeñas nubes, que acabaron uniéndose en una colosal nube gris que se extendía, alargada, sobre todo el complejo. Voces de asombro, murmullos de aprobación, comentarios de sorpresa me llegaron del gentío.
El nimbostrato siguió creciendo hasta que empezó a llenar el cielo sobre la ciudad. Entonces, como si se hubiese dado una orden silenciosa, empezaron a aparecer los paraguas entre la muchedumbre. El sol, hasta entonces radiante, se fue quedando poco a poco oculto y la luz se volvió sombría. Parecía el efecto de un eclipse. Estábamos atentos y a la espera de la menor señal de agua y de repente, un luminoso rayo cayó sobre la torre diecisiete y un trueno ensordecedor nos calló a todos de nuevo. La gente volvió a vitorear y aplaudir y nosotros nos felicitamos complacidos.
Pasaron los minutos, pero nada nuevo sucedió y noté crecer la impaciencia y el cansancio entre la multitud que llevaba más tres horas esperando el feliz acontecimiento. Muchos niños, aburridos, empezaron a llorar y los murmullos de desaprobación aumentaron en número e intensidad. Había grandes grupos sentados sobre las aceras, los jardines, bancos de parques, buzones, automóviles... Yo sabía que el resultado era inminente, pero no era capaz de precisar cuanto tiempo faltaba. De esta manera respondí a los periodistas que me interrogaban.
Unos gritos impusieron de nuevo el silencio: “llueve... llueve”, oí entusiasmado. Miré de nuevo al cielo, en ese momento de un gris oscuro y denso, y descubrí como caían pequeñas gotas de agua fría. Y entonces, las doscientas mil personas arrancaron al unísono en un gran aplauso que nos hinchó de gozo. Mandé detener la maquinaria y, brindando con champán, esperamos acontecimientos. La música de los altavoces volvió a sonar, ahora con un aire más festivo y triunfal.
La lluvia, ligera en un principio, comenzó, poco a poco, a arreciar y todo se convirtió en un océano de paraguas. Por todos lados se comentaba el éxito de la empresa y los periodistas, empapados, casi nos echan de la tarima, azuzados por el deseo de fotografiarnos y entrevistarnos. Era todo un éxito. Mi mujer, chorreando, lloraba de emoción. Todos los técnicos se abrazaron y algunos comenzaron a bailar.

Todo estaba mojado y seguía lloviendo abundantemente. Y llovía.

Una joven de chubasquero amarillo con las iniciales rojas de la CNN, armada con un micrófono y ante un compañero que nos apuntaba con su cámara, me preguntó por el final de las precipitaciones. Le contesté, que según nuestros cálculos, dejaría de llover en unas tres horas.

Veintidós días después el público vociferaba en nuestras oficinas, en la primera planta del ayuntamiento. Sin interrupción, llovía día y noche desde que comenzó. Llovía, llovía y seguía lloviendo. Los bomberos no daban abasto para responder a los avisos por las numerosas inundaciones. El agua, en todas las calles, llegaba ya al medio metro de altura.
Los vecinos y las autoridades se quejaban porque se estaban arruinando las infraestructuras y desaparecía el turismo. Se había decretado el estado catastrófico y esperábamos de un día para otro la ayuda del gobierno. Incluso, los campesinos que nos felicitaron en los primeros días, entonces nos increpaban porque perdían las cosechas.
A todo el equipo nos ponían malas caras en los restaurantes en los que comíamos y en los hoteles en los que nos alojábamos. La gente argumentaba que un poco estaba bien, que era deseable, pero que aquello ya pasaba de “castaño obscuro”, que era demasiado. Un compañero lo resumió en un explícito: “¡joder, cómo llueve!. Yo prometía, a todos los que aún me escuchaban y que ya no eran muchos, que en pocos días se terminaría, pero cada mañana era otro día lluvioso.

Semana a semana, las protestas aumentaban y el nivel de las aguas crecía. Rápidamente y bajo unas terribles condiciones meteorológicas, se abrieron diques que canalizaron las aguas, por toda la ciudad, y sobre ellos se construyeron puentes de comunicación de unas calles a otras. Pero los comercios turísticos comenzaron a cerrar y todos nos dimos cuenta de que la ciudad, de seguir así mucho tiempo, se declararía en bancarrota.
En esos días, supuse que enviados por empresarios o ciudadanos furiosos, comenzamos a recibir amenazas de amenazas de muerte. Parte de mis compañeros, dejaron asustados la ciudad. Mi mujer y yo pensamos que debíamos quedarnos, afrontar los posibles peligros, que cada día parecían más reales, y buscar soluciones lo antes posible.

El pequeño torrente central, que desembocaba en una pequeña y cercana bahía, pronto se convirtió en un gran canal, que dividía en dos a la ciudad y que se comunicaba con todos los demás que configuraban las calles inundadas. La gente se desplazaba en barcas y canoas, a remos y motor, para efectuar sus actividades diarias. Solo los comerciantes que se habían adaptado, y que habían empezado a vender gabardinas, paraguas y embarcaciones, estaban contentos.
Cientos de edificios tuvieron que ser demolidos y muchos otros se declararon en ruinas. La ciudad se volvió oscura y gris y la suciedad y los malos olores se extendieron. Se temió la proliferación de enfermedades y muchos ciudadanos abandonaron la urbe.
Se me interpusieron miles de demandas que fui perdiendo y terminaron arruinándome. El ayuntamiento nos alojó, provisionalmente, en uno de los edificios abandonados, ya que no pude hacer frente a las deudas por las indemnizaciones y ni siquiera podía seguir pagándonos el alojamiento en el hotel. Nos alimentaban, por caridad, las monjas de un convento cercano. En el comedor, otro de los mendigos, me apodó “el tonto de la lluvia”.

Cada mañana, según me ajustaba la raída gabardina y abría el viejo paraguas, miraba con pesadumbre aquel cielo plomizo esperando, al parecer, inútilmente, que la lluvia terminase. El tiempo era frío, húmedo y desapacible. Había previsto un margen de un par de horas para el fin de las precipitaciones, pero nuestros cálculos estaban tan desbordados como las glorietas, las plazas y las vías de la ciudad. Quizá algún efecto meteorológico inesperado, alguna magnitud, alguna circunstancia o factor no considerado echaba por tierra nuestro proyecto. Estudiamos y repasamos todas las condiciones y sopesamos todas las circunstancias que interactuaban y no logramos dar con el error. Estaba claro que los minutos de funcionamiento tendrían que haber sido menos, pero tendimos a pensar en alguna cualidad de la atmósfera que olvidamos o no valoramos lo suficiente.

Sesenta y siete días duró la lluvia y, sin aviso previo, cesó. Paulatinamente, con la disolución progresiva de las nubes, fue saliendo el sol y con él mejoró el ánimo de todos. En aquel entonces, el agua llegaba a los cuatro metros y había derribado muchas edificaciones. Todo brilló de nuevo. Los edificios se secaron y la alegría se extendió por la población con rapidez. Los niños volvieron a jugar en las calles y muchos comercios volvieron a abrir.

Por la situación y la composición geológica del suelo, el nivel de las aguas no bajó y todos nos pusimos a estudiar una forma de librarnos de ellas. Científicos de todo el país respondieron al requerimiento del ayuntamiento, en busca de soluciones. Se propusieron varios sistemas de drenaje y bombeo, pero todos eran complicados y costosos. Se buscaba, también, una forma de recuperar la economía de la ciudad, ya que el turismo había desaparecido y los campos estaban inundados. No había cerca terrenos secos como para levantar industrias pesadas y la pesca hacia años que se había agotado. Se apuntalaron edificios, se crearon algunas pequeñas empresas, pero la situación no parecía salir adelante.

Dos años después, la situación no solo no había cambiado, sino que empeoraba. Sin apenas trabajo, la gente se seguía marchando y temimos, muchos, que pronto nos quedaríamos, unos cuantos, en una ciudad fantasma y olvidada. Mi mujer se divorcio de mí y volvió a casa de sus padres. Estaba desesperado y me rondó varias veces la idea del suicidio.

Entonces, como si un ángel hubiese descendido, alguien dio la idea: ¿Por qué no mantener los canales y crear una nueva Venecia?.

Pronto todos nos entusiasmamos con el proyecto. Gamma Cuatro, la tercera ciudad de Marte, pasó así a llamarse Nueva Venecia y publicitada, convenientemente, en el planeta y en la Tierra, pronto atrajo a viajeros de muchos países.

En los años siguientes, la ciudad se llenó de arte, música y turismo. Majestuosas edificaciones (museos, teatros, auditorios...) se levantaron sobre el agua y esta se vio surcada por góndolas, de diversos tamaños, importadas desde la Tierra. Aumentaron el tráfico espacial, el aéreo y el marítimo. Se construyó un nuevo puerto y se amplio la estación espacial. El comercio floreció y el ayuntamiento decidió crear unos carnavales como los de la ciudad hermana.

El microclima de la ciudad se mantuvo con el uso esporádico de las torres, que mejoramos para acortar los periodos de lluvia.

Ahora, en mi vejez, rico gracias a mis patentes de la maquina de lluvia, que conseguí vender en varios planetas, y homenajeado por la ciudad, creo que fue un buen invento y que aunque “nunca llueve a gusto de todos”, siempre “no hay mal que por bien no venga”.
Mi mujer me volvió a llamar ayer. Sin contestar a sus palabras, le colgué el teléfono.

26 Febrero 2006

Sussie

La mañana lucía brillante, con aquel sol caribeño y ardiente, y Sussie y yo nos retorcíamos perezosos bajo los rayos dorados. Hacía mucho calor cuando me incorporé en la hamaca y, saboreando el refresco de piña, levanté mis gafas de sol y miré descaradamente su cuerpo divino. Sus largas y torneadas piernas, su vientre plano, sus jóvenes y duros senos, sus manos de jade, su cuello de cisne me fascinaban. Ella me sonrió comprensiva y perversa y yo estudié, con pasión, aquel rostro que solo una japonesa puede tener.

Le pedí que se quitará la parte superior del bikini y que me enseñara aquellos pechos prometedores. Ella, entre fingimientos y veras, se resistió un poco, pero sentándose se soltó la prenda y accedió a mi lujurioso deseo. Sus pechos ganaron cuerpo con la gravedad y me quedé hechizado al ver unos pezones tan prominentes. Pronto aquellos pezones rosados, salados por el mar, estuvieron bajo mis labios. Me tumbé sobre ella y, sin dudarlo, comenzamos a hacer el amor. La brisa del océano, entre las hojas de los cocoteros, nos susurró propuestas de caricias que pronto llevamos a nuestros cuerpos ardientes. Sugirió, el rumor del oleaje, fantasías alocadas que seguimos. Rebozados, abrazados, rodando entre las hamacas, acabamos sobre la arena tibia. Nuestros labios unidos sabían a yodo y a sal. Se volcó la nevera, se tumbó la sombrilla y nuestros gemidos crecieron. Los comensales del restaurante cercano nos miraban con asombro y vergüenza, pero aunque, en ese momento, no reparamos en ello, tampoco nos hubiera importado. El primer orgasmo que sentí con Sussie fue digno de lo que había pagado por estar con ella.
Para recuperarnos, fuimos, corriendo de la mano, hasta el mismísimo restaurante y por las miradas de desaprobación y asco nos dimos cuenta de que muchos nos habían visto. Incluso creí oír un insulto de una mujer, pero no dije nada. Mi japonesita, retadora, se quitó el sostén que acababa de ponerse y, dándole dos vueltas como una bandera roja sobre su cabeza, lo arrojó a la arena. ¡Pensaba comer con los pechos al aire!. Un murmullo de desaprobación corrió de mesa en mesa. Como si le persiguiese un demonio, un camarero voló hasta nosotros y le rogó que se volviera a poner el bikini. Me puse en pie y susurrándole en el oído que no estaba bien de la cabeza, le metí un par de billetes en el bolsillo. Así, todos comimos con el maravilloso espectáculo de los pechos blancos de Sussie rozando el arroz amarillo del plato. Una familia se levantó de inmediato y se fue sin pagar la cuenta ante “aquel espectáculo bochornoso” según escuché. Sussie me dijo que iba a quitarse la parte de abajo y tuve que pedirle que no lo hiciese. Sé que hubiese acabado la comida totalmente desnuda, de haberla dejado... Me encantaba lo provocadora, lo descarada, lo rebelde que me parecía. Estaba enamorado de su belleza, de su juventud, de sus ojos rasgados y de su cutis de mármol.
Hablamos de ella, de mí, del lugar y de lo que nos haríamos esa misma tarde. Ideamos escandalosas perversiones y yo temblaba de placer y de morbo imaginándolas. Ella, de repente, se puso seria y mencionó, sin venir a cuento, un cuadro de Canaletto señalando al horizonte y nos liamos a hablar de Arte. Enseguida me di cuenta de que tenía una gran cultura y que entendía de cinematografía, de música, de ciencia... Ella, con su voz melodiosa y su mente ágil, llevaba con maestría la conversación hacia los temas que yo prefería. Y me dejaba hablar e interrumpía para aportar algún dato curioso o una anécdota que yo desconocía. Rita la había enseñado bien y gocé mucho con aquella conversación.
En la larga sobremesa, entre el café y las copas de champán, el sol comenzó a descender y volverse anaranjado sobre el mar tranquilo y verde. Unas gaviotas volaron chillando sobre unas barcazas de pesca, en busca de unos bocados furtivos. Unos niños terminaron de comer y arrastraron, gritando y riendo, una balsa de goma hasta la orilla. La madre les regañó desde lejos.

Mientras esperábamos la cuenta, descubrí en la distancia unas grandes rocas negras, más allá de los cocoteros, y le propuse a Sussie explorarlas en busca de alguna cueva agradable donde volver a amarnos.

Jugamos, nos abrazamos, nos besamos, según caminábamos hacia una pequeña gruta que pronto descubrimos. Un altavoz anunció que me quedaban dos horas de crédito y tiré de la mano de Sussie para que se diera prisa.
En la cueva, recorrida por una brisa cálida que venía del océano, volvimos a hacer el amor y esa vez fue aún mejor. Ella gimió divertida casi al mismo tiempo que yo.

“Te quiero”, le susurré en la oreja y ella se sonrojó.

Un instante después, me di cuenta de mi error. Ella parecía dudar, buscar que responder y fue el principio del fin. Aturdida, se quedó muy quieta un instante. Me apartó a un lado y comenzó a temblar, al principio de forma suave pero cada vez con más fuerza. Ya de pie, la vi allí, en el suelo, sobre la arena, desencajada y entre convulsiones. Pedí ayuda a gritos y el holograma dinámico se detuvo.

En un parpadeo, la gruta, las rocas, la arena, el sol y el mar se disolvieron en el aire y me encontré de nuevo en la habitación. Desnudo y junto al cuerpo muy agitado de Sussie, que empezaba a soltar espuma por la boca, también desnuda, estaba como petrificado. Me sentía inútil e idiota. Lo había estropeado todo con dos palabras absurdas. Noté como entraban en la habitación y unos hombres atendían a Sussie. Rita me preguntó que había hecho.

- Solo le dije que la quería.- confesé atontado y sonrojado como un adolescente pillado en falta.
- Alex-san, ¿cómo se le ocurre?.- Me regañó.- Sabe que no pueden aceptar ese sentimiento y se ponen como locas. Es como un ataque epiléptico para ellas. Además, usted... que no es la primera vez.

Avergonzado, salí desnudo y en silencio al corredor. Anonadado, comencé a vestirme.
Minutos después, bajé al recibidor, arreglándome el nudo de la corbata y del brazo de Rita. Ella, seria, me iba regañando con cariño. Ya abajo, junto a la caja registradora, me pidió la tarjeta de crédito. Habían sido 200.000 euros pero había valido la pena hasta el último de ellos. Yo era el que había fastidiado el final.

Ya en el exterior del Palacio del Placer, sentí el frío de la noche. Caía una fina lluvia amarilla sobre los adoquines grises de la acera. En los charcos aceitosos, se reflejaban las grandes letras rojas de neón que, en caracteres japoneses, anunciaban el local.
Un enorme Boing-Airbus pasó, a poca altura, sobre los edificios como un fantasma plateado, sin emitir ni un solo sonido. Una figura abrumadoramente grande y que flotaba lentamente ganando velocidad. Jamás entendería como funcionaban los nuevos filtros de sonido y la tranquilidad que habían conseguido para nuestras ciudades. Quizá algún día pudiesen crear algo parecido para la peste que echaban las aguas del canal. Aquella zona de la ciudad estaba sobre el antiguo mar de la bahía, del que solo se descubrían una serie de canales, que olían a pescado y aguas retenidas.
Unos niños rieron, jugando con un balón ingrávido, en la plaza cercana, mientras el camión de reparto se detenía junto al mercado abarrotado. La gente hacía las últimas compras en aquel sábado de finales de febrero. Un océano multicolor de paraguas se agitaba, como una riada viva, entre los edificios altos e iluminados por anuncios interactivos. Aquí una cara sonriente invitaba a probar el nuevo sabor del refresco más popular; más allá se anunciaba el nuevo procesador P4000, entre letras que bailaban con una musiquilla infantil; allí, sobre los cristales grises, un rebaño de diplodocus tridimensionales invitaban a ver la última película de dinosaurios. Otro anuncio, del ayuntamiento, señalaba la hora, el año y el lugar:

21:15; 2047; Tokio.

En ese momento rememoré cuando, sobre las cuatro de esa misma tarde, llegué justo allí, aburrido y deseando hacer el amor.

Recordé la suave música y la vaharada que salieron del local tras dos hombres, un poco ebrios. Cantaban a voz en grito una antigua canción en interlingua y pronto atrajeron la atención de un pequeño robot policía, que volaba a unos tres metros de altura. Ante la amenaza de un choque eléctrico, los hombres tambaleantes se callaron y se alejaron sujetándose el uno al otro. Antes de que pudiese entrar, la pequeña máquina, que parecía un tarro volador, me escaneó el rostro y se dio por satisfecha al no encontrarme en los bancos de datos de delincuentes buscados.

Ya dentro del local, el suave perfume de jazmín alivió mi olfato. Miré la nueva estética sorprendido. Desde mi última visita, hacia meses, habían equilibrado de tal forma los colores, las formas y los olores que era muy agradable quedarse allí. Ese era el objetivo de la decoración comercial psicológica. Rita, nada más verme, acudió a recibirme tan cordial como siempre.

- Buenas noches, Alex-san. ¿Has tenido buenos días laborales?.- me preguntó con su sonrisa de finos labios rojos.

Ella nunca se acostaba con ningún cliente, la policía sanitaria no se lo permitía, pero a mí me encantaba fantasear con aquel cuerpo joven y exuberante. “Días laborales”. Aún se me hacía extraña la expresión. Llevábamos dos años en los que solo se trabajaban tres días por semana y aquello de “semana laboral” se había quedado en “días laborables”.
Me senté en un cómodo butacón, en el amplio recibidor, y enseguida, en el corredor superior, seis bellezas me mostraron sus tentadoras ofertas. Cuerpos increíbles, sugerentes lencerías, miradas provocativas. El Palacio del Placer era caro, pero realmente merecía la pena. Pronto me llamó la atención una joven de rasgos orientales y larga melena oscura.

- Es Sussie Katakana, una nueva adquisición. Ha llegado esta mañana y está esperando su primer hombre.- me comentó Rita, adivinando mi mirada de deseo.
- ¿Cuánto?.
- 200.000 créditos, pero creo que quedarás satisfecho. Como cliente habitual, sabes que tienes el champán incluido; no la comida.

Era un dineral pero, aunque entre las otras muchachas había auténticas bellezas, Sussie destacaba como un rubí entre diamantes con sus labios muy rojos y su lencería a juego, sobre una piel muy blanca. Como oriental, era algo más baja, pero curiosamente eso me atraía aún más. Cerré el trato y, tras un saludo de cortesía, subí con ella a la habitación. Su perfume a azahar, me sorprendió y maravilló a un tiempo.

La primera vez que entraba uno en las nuevas habitaciones de realidad virtual, todo parecía muy raro. Tanto el techo como las paredes parecían alfombrados con una tupida alfombra metálica de pelo largo y negro. Eran cientos de miles de miniproyectores. El suelo era de goma y parecía sensible al peso y al movimiento. Bajo él, según me contó Rita una vez, había sensores de presión y maquinas de simulaciones variadas: temperatura, presión, humedad, tacto, etc. Había también, en algún sitio, un sistema de simulación climática avanzada y todo el conjunto estaba supervisado por varios ordenadores y un operario humano, invisible, tras las paredes, a los usuarios. Cuando todo arrancaba las sensaciones eran casi, casi reales.
Nos desnudamos y nos tumbamos en el suelo. En unos segundos, Sussie y yo nos vimos, con nuestros bañadores, nuestras gafas ahumadas, al sol y sobre unas hamacas.

Después cuando sufrió el ataque, uno de los técnicos vestidos de blanco se arrodilló junto a Sussie y abrió, presionando, un panel de piel artificial en su pecho.
Con algo de asco, y entre los movimientos incoherentes, pude ver el compuesto de látex y celulosa, los circuitos, los procesadores, el plástico, los miles de servomotores, casi microscópicos, que se movían muy deprisa, los finos tubos por donde corría un fluido muy rojo, los sensores de variados tamaños, el duro metal que sustituía a las vértebras humanas... Algo que parecía sangre, salpicó apenas la blanca bata del hombre que esperaba, muy atento, junto al cuerpo de movimientos descontrolados. Con unas rápidas pulsaciones en el pequeño teclado que apareció unos segundos después, los temblores cesaron y el autómata pareció haber muerto.
Unos operarios la subieron en una camilla y se la llevaron. Rita me miró y yo recogí mi ropa.

Avergonzado, salí desnudo y en silencio al corredor.

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Dedicado a Odracir55.

13 Febrero 2006


Chiasa Aonuma
Entré, escaleras abajo, en el largo túnel que lleva a los andenes del metro. Quedaban unos minutos para que cerraran el servicio y no me podía permitir perder el tren. Gente cansada y aburrida esperaba el momento para volver a sus casas al terminar el día. Había menos rumores, menos carreras, más quietud y silencio que en otros momentos, en un lugar como aquel. Todos éramos trabajadores de última hora deseando llegar a la cena, al televisor, a la cama y cerrar, como pudiésemos, otra rutinaria jornada laboral. No había esperanzas en las miradas, no había brillos en aquellos ojos cansados que, a diferencia de las mañanas, no devoraban con avidez las noticias de los periódicos.
Me senté en uno de los bancos libres, junto a la pared, y ajusté mi falda ante la mirada aviesa de un viejo barbudo que me miraba con lujuria. Ignorándole, saqué la agenda y repasé, con pesar, las citas del día siguiente: un representante de telas del norte del país a las diez, una cita con los de publicidad a la una... Otro día más. Ni mejor, ni peor: solo otro día.
En aquel momento, como una ola que arrasara todo lo demás, sentí ese deseo de que pasase algo. Cualquier acontecimiento que diferenciara una jornada de otra. Estaba incluso dispuesta a que fuera algo negativo: pero ¡por dios, que sucediese algo diferente!. Sin querer, me quede mirando el rostro de otra mujer, en un banco cercano y me pareció que ella sentía lo mismo. Todos parecíamos soñar con un hecho que nos sacase de aquella sucesión de tiempo sin sentido.
Un ruido metálico y neumático anunció, por fin, el tren que llegaba. Guardé la agenda en el bolso y me acerqué a las vías. Pronto tendría delante un poco de ensalada y un yogurt. Mi cena. La verdad es que estaba hambrienta. Aparte del pequeño bocadillo a las siete, comido deprisa y corriendo sobre unos cuadros estadísticos, hacía horas que no tomaba nada.
El metro se detuvo y nos abalanzamos con ansia al interior de los vagones. Era la batalla por los asientos que, en aquellas horas, era un poco más despiadada. Había pequeñas carreras que terminaban en cuerpos que se arrojaban, triunfantes, sobre el plástico con sonrisas de victoria; pequeños empujones para ganar posiciones ante un sitio vacío; codazos para encontrar un lugar cómodo cuando se acababan las oportunidades. Perdí la ocasión y me resigné a hacer el largo trayecto de pie y apretada por cuerpos que buscaban el equilibrio.
El vagón estaba muy lleno y me preparé para lo que me esperaba. Sujeté el bolso con fuerza, que colgaba de mi hombro, separé un poco las piernas, me sujeté con la otra mano del asidero y esperé el tirón del arranque. Un silbido lo anunció y cerrándose las puertas, se inició el movimiento. La inercia nos empujó a unos contra otros y con el viaje empezaron las lecturas de libros y periódicos.
Un gran silencio se extendía, como podía, entre aquella multitud cansada y somnolienta. Nadie hablaba, nadie miraba a nadie y a mí me estaban destrozando los tacones. Generalmente, llevaba unos zapatos más cómodos, pero la reunión con dirección me hizo arreglarme un poco más. Una gran falda gris con vuelo y abertura hasta la cadera, medias negras, un rojo suéter un poco ajustado, los pendientes de aro y aquellos colorados zapatos, de fino tacón, que ahora me mataban. El carmín, el rimel y el peinado se habían ido perdiendo durante el largo día que acababa.
Un ligero roce, tras una curva, me recordó el tiempo que llevaba sin estar con un hombre. Hacía ya más de un año que me había divorciado y, a pesar de los consejos de mis amigas, mi vida sexual era un cero enorme que me castigaba por las noches. Sobre la almohada, más de una vez, le echaba de menos o, al menos, echaba de menos aquel cuerpo caliente que parecía tranquilizarme antes de dormir. Los últimos meses fueron un infierno de reproches, de miradas airadas, de gestos torvos y deseos de agresión. Pero todo terminó antes de que llegáramos a decir cosas que luego nos hubiesen pesado. Simplemente él dijo un día que ya no aguantaba más y que cuando yo volviese, aquella noche, él ya no estaría allí. Y así fue. La casa pareció más desolada cuando descubrí los armarios vacíos, los objetos que faltaban en el salón y en el baño, los libros que ya no estaban en las estanterías y las películas que se habían alejado de las mías junto al televisor.
Unimos dos egoísmos, dos independencias ocupadas en el trabajo y las aficiones y el choque pronto abrió un abismo entre los dos. Quizá un hijo hubiese podido unir las primeras rendijas, pero las obligaciones que nos creábamos, los deseos de dinero y posición, de diversión y ocio que nos dominaban, no dejaban sitio para nadie más. Quizá ni para nosotros mismos.
Miré a una linda adolescente que vestía totalmente de negro. Los pequeños aros en su nariz, en su ceja, en su labio inferior me dieron grima. Por nada del mundo me haría algo así, porque yo soy de las que tiemblo solo con pensar en una aguja hipodérmica. Tal vez llevase una tachuela de esas en la lengua. Decían que aumentaba el placer de los besos... Aunque el que estaba gozando en aquel momento, era un joven barbudo que miraba las piernas, enfundadas en medias de red, que la chica proyectaba de su breve falda de cuero negro.
De improviso, el tren comenzó a detenerse donde no debía y un murmullo de desagrado y desaprobación salió de todas las bocas. Incluida la mía. ¡Una avería no!... ¡No a estas horas y con esta fatiga!. Las luces principales se apagaron y entraron en servicio las de emergencia. Todo quedó en una penumbra de sombras arracimadas e inquietas. Las lecturas forzosamente se detuvieron y comenzaron pequeños cuchicheos por doquier. Alguien empezó a silbar bajito.
Aproveché para descalzarme, procurando controlar donde quedaban los zapatos, y el frío del suelo me alivió. Me sentí algo mejor físicamente, pero frustrada por la situación que no podía controlar. La perdida del control me molestaba mucho y quizá fue una de las causas de mi divorcio. Como a él le pasaba lo mismo y los dos no podíamos controlarlo todo, acabó como acabó. Sí, ahora me daba cuenta de que esa había sido una de las causas: no supimos compartir el mando, repartir las tareas, alternar el poder...
En aquella penumbra que reinaba, alguien se apretó contra mí y yo no eludí el contacto. Estaba muy cansada como para empujar o discutir con nadie y aquello no me mataría. Era un contacto humano, al fin y al cabo y yo lo necesitaba. De repente, sentí una mano en la cintura y me sobresalté un poco, pero tampoco la aparté. Era una locura consentir aquello, pero me aliviaba sentir el deseo de aquella caricia que yo también deseaba. Alguien habló muy bajo detrás, pero no entendí lo que decía. Otra voz masculina afirmó y sentí otra mano, aún más osada, que súbitamente se me posó sobre el pecho derecho. En cualquier otra ocasión hubiese gritado, me hubiese zafado con violencia de aquel atentado a mi cuerpo, pero, en aquel anonimato, con aquel calor, solo quería más.
Mi cuerpo temblaba pero no hice más que volverme a coger del asidero. Aun así, las manos siguieron sobre mí, arrastradas por mi movimiento. Oí a una joven cercana soltar un pequeño gemido y solté un pequeña y breve risa de satisfacción. ¡Nos estábamos volviendo locos en aquel vagón!.
La mano de la cintura, sin prisa pero sin pausa descendió a mi cadera y la otra oprimió un poco el seno que dominaba. Yo también gemí y me pareció que todos me habían oído. Seguramente mi cara estaría colorada, pero nadie podía verlo. Era yo la que estaba loca dejándome sobar a obscuras por dos desconocidos. Pero no era la única: por los movimientos de unas sombras y los sonidos quedos, me pareció que alguien hacia el amor con la joven que escuché antes. Algo más allá, un hombre blasfemó de placer. ¡Dios aquello era una orgía en pleno metro!.
Unos dedos, que entraron por la abertura de la falda, acariciaron mis bragas entre las piernas y sentí una oleada de calor que desde allí ascendía con rapidez. La otra mano había entrado bajo mi jersey y ascendía suave sobre mi piel hechizada. Justo cuando los dedos entraban bajo el sujetador, un tirón del cabello inclinó mi cabeza hacia atrás y sentí unos labios dulces sobre los míos. No quería pensar en lo que hacía, tan solo rogaba para que no pararan, para que aquellos desconocidos siguieran buscando su placer en mi cuerpo. La excitación alcanzó un grado insoportable cuando los dedos rozaron mi pezón. Mi lengua entró en aquella boca extraña y agradable que sabía a tabaco y caramelo de menta. El otro hombre estaba acariciándome suave en mi parte más sensible y presentí cercano el orgasmo.
Alguien, frente a mí, quizá viendo más de lo que yo hubiese querido, se acercó y me besó en el cuello. Sin pausa se agachó y noté como sus manos subían por mis piernas. Absurdamente, temí más por el encuentro de las manos de los dos hombres que por lo que aquellas me harían. El nuevo tiró de mis bragas y las dejó a la altura de mis rodillas. Mientras, mi boca seguía unida a la del desconocido que comenzó a acariciarme el rostro y el pelo. Una mujer, al fondo del vagón, chilló, pero me sonó a final, a culminación agradecida. Mi mente sonrió al pensar en aquella Sodoma en el metropolitano, pero luego se perdió en una sensación creciente que casi tenía olvidada. Como una explosión, el orgasmo estalló en todo mi ser y las pequeñas convulsiones no detuvieron las manos que me exploraban. Sentí que las caricias se volvían más frenéticas, el beso aun más profundo e intenso. Ellos también estaban muy excitados y todo pareció acelerarse.
El vagón de repente se movió y todas las manos y la boca se separaron de improviso. Puede mantenerme en pie por muy poco, pero algunos golpes me revelaron que hubo quien no tuvo tanta suerte. El viaje continuaba con una aceleración creciente. Menos mal que fue entonces, porque hubiese podido asesinar si me hubiese quedado a medias, con lo caliente que había estado. Suspiré con alivio y me arreglé tan rápido como pude. Subí de nuevo a los zapatos, que encontré tanteando con los pies. Segundos después volvió la luz y pude ver un espectáculo fascinante: todos los viajeros recomponían sus ropas. Faldas que se abrochaban luchando con el traqueteo, pantalones que subían en difíciles equilibrios, blusas que se abotonaban de cualquier manera... Una lluvia de disimulo, de miradas esquivas, cayo sobre cada uno. Acerté a descubrir algún sonrojo, alguna mirada cómplice y muchas sonrisas pícaras de satisfacción. Busqué tras de mí a mis amantes secretos, pero todo eran espaldas masculinas avergonzadas. No me pareció muy correcto empezar a preguntar: “¿usted me ha metido mano hace un momento?”. El hombre de delante, corrió al volver la claridad y se escondió entre otros viajeros. Durante un breve instante, dudé de que todo hubiese sido un sueño, pero cierta y pequeña humedad en mi sexo me decía que no.
Cuando llegamos a la siguiente estación, aún había prendas que ajustar y algunos sacudían las vestimentas, como queriendo borrar con ello lo sucedido. Nadie miraba a nadie y los carteles publicitarios sobre ventanas y puertas parecían llamar más la atención. Los que esperaban en el anden hubiesen jurado que los pasajeros de aquel vagón eran los seres más angélicos de la tierra: tales eran los rostros de inocencia y bondad que teníamos.
Salí fuera y miré mi reflejo en el cristal de un anuncio de champú. Prácticamente perfecta. Un poco más despeinada, tal vez. Alisé unas arrugas de la falda, bajé el suéter y me acerqué a las escaleras.
En ese momento, la joven de negro pasó a mi lado y mirándome me guiñó un ojo. Las dos compartíamos un secreto. Se la veía feliz, resplandeciente, como si hubiese acabado de hacer el amor. Supongo que mi cara expresaba algo muy parecido.

6 Febrero 2006

Recuerdo que todo empezó cuando, tras salir de la negrura, me encontré tumbado al pie de la escalera. Me incorporé y, aturdido, sentí un dolor agudo cerca de la coronilla y algo espeso y caliente que se deslizaba desde allí, por mi nuca, hasta la espalda. Me toqué en aquel punto y confirmé, con pánico, que era sangre. Ya de pie, intenté sofocar la hemorragia con un pañuelo que empapé pronto.
Aún mareado, fui hasta el baño para buscar vendas y algún antiséptico. Mi imagen en el espejo me asustó: la sangre, muy roja, me manchaba el pelo, la cara, las manos y el cuello y seguro que mis hombros y espalda. Abrí el botiquín y cogí gasas, vendas y agua oxigenada. Como pude, e intentando compensar la inversión de la imagen en el reflejo, me cubrí la herida y acabé con una especie de ridículo turbante de herido novato. Allí me veía con la cara recién lavada, el pelo mojado y revuelto y aquella venda cubriéndome parte de la frente. ¡Menudo golpe me había dado!. Sé que tropecé en el tercer o cuarto escalón y después, tras rodar por la escalera abajo, nada. Quizá debí estar unos minutos inconsciente, aunque no pude precisar más. Miré el reloj y no llegué a calcular cuando me había caído. Tal vez sobre las siete y...
Algo no estaba bien y había detenido mi pensamiento. Me toqué la boca y no noté aquella sonrisa que veía en el espejo. Forcé una mueca de disgusto, ¡pero la imagen seguía sonriendo!. Sobresaltado di un paso atrás, pero no así mi copia en el armario del botiquín. Seguro que era por el golpe... aquello no estaba sucediendo. ¡No podía estar sucediendo!. Me froté los ojos y los restos del desinfectante de mis manos me abrasaron. Entonces oí la risa: oí mi propia risa sin que yo la hubiese emitido. Rápidamente me lavé los escocidos ojos con abundante agua y salí del baño tropezando a ciegas.
Me senté en el sofá y me prometí llamar al médico en cuanto recuperase totalmente la visión, aún borrosa. Seguro que tenía un edema cerebral y en pocos minutos moriría, pensé. Controla el pánico y pide ayuda. ¿Me debo mover con una fractura en la cabeza?... Decidí que no me podía quedar allí y que si telefoneaba quizá la ambulancia llegase tarde... Me levanté y salí al recibidor para mirarme en el espejo de la entrada.
Allí estaba mi imagen idéntica a mí. Habría sido una alucinación producida por la caída. Mi cara aparecía seria y un leve moratón surgía en mi mejilla derecha. Me toqué la magulladura y descubrí el nuevo dolor que amanecía.

-¡Vaya golpe que te has dado!.- dijo de pronto mi imagen, tocándose la mejilla.

Estaba claro que tenía una grave lesión cerebral. Cogí las llaves de la casa y corrí a la cercana puerta.

-¿Qué te pasa?... ¿por qué huyes?....- fue lo último que oí antes de cerrar de un portazo.

En el hospital, pasaron cuatro horas mientras me curaron las heridas(incluso un golpe en la rodilla izquierda que yo no había notado aún), me radiografiaron, me escanearon, me extrajeron sangre, etc. Después, el médico de urgencias determinó que, salvo la impresión del impacto, algunas magulladuras y la pequeña herida en el cuero cabelludo, no tenía nada grave. Le comenté la alucinación de los espejos y me recomendó permanecer cuarenta y ocho horas ingresado en observación.

La habitación era individual y me sentí cómodo sobre aquella cama de sábanas impolutas y bajo la luz suave que caía de los bordes del falso techo. Por la ventana, se veía la ciudad encendiendo sus luces para la noche que llegaba. Las parpadeantes señalizaciones de un avión cruzaron la oscuridad que se espesaba por minutos. Nada se oía del exterior tras el doble acristalamiento. Dentro la temperatura era agradable; quizá un poco alta. Fuera, los peatones se resguardaban en sus abrigos de una noche, al parecer, muy fría. Una estrella apareció junto al marco, cerca de la taquilla donde debía estar mi ropa.
La enfermera, una morena bajita y atractiva, entró y, con una sonrisa rutinaria pero reconfortante, me dio un termómetro que puse bajo la axila izquierda. Me sentía mucho mejor y más tranquilo. Todo estaba bajo control y el accidente se había quedado en un susto y una paranoia transitoria. El médico me había explicado que lo de las imágenes podía deberse al pánico y la ansiedad del percance, aumentado por el susto y la visión de la sangre, y me aseguró que, tras unas horas de descanso y sueño, pronto volvería a la normalidad.

En mi reloj de pulsera eran las cuatro y veinte cuando me desperté para orinar. Un poco desorientado, encendí la luz que había sobre la cama y con cuidado entré en el pequeño aseo de la habitación. A tientas busqué el interruptor, encendí la luz y me vi en el espejo que había sobre el lavabo. Me sonreí por la tontería de la tarde. Mi propia imagen hablándome... ¡qué tontería...!. De pronto el otro, el del espejo, comenzó a reír a carcajadas y un escalofrío de terror me recorrió por entero. Allí estaba mirando aterrorizado una imagen mía riendo y con los ojos cerrados. Esa risa que me resultaba horrible cesó de repente y el otro me miró fijamente y dijo:

- Definitivamente ha sido un buen golpe.- y volvió a reír.

Yo sabía que aquellas risotadas atraerían la atención de las enfermeras del turno de noche en el silencio reinante, pero extrañamente nadie acudía. Tenía que ganar tiempo. Entender que estaba sucediendo. ¿Era una alucinación, un sueño?.

- ¿Qué, sorprendido de que te hable?.- dijo el otro mirándome divertido.
- No, puede ser... estoy soñando... seguro.- dije en voz alta.- O me estoy volviendo loco...
- Habla más bajo o despertarás a toda la planta.- me advirtió la imagen, ya más seria.
- Pero... yo... o sea tú... No es posible. Debo....- y de repente, sin saber porque, tal vez por el puro espanto, y sin poder contenerme, comencé a gritar, a pleno pulmón, mientras el del espejo, el otro, volvía a reír. Sentía que la cabeza se me iba; me sujete con ambas manos al lavabo; la luz pareció amarillear o incluso parpadear. Seguí gritando y gritando...

La puerta se abrió y las luces principales de la habitación se encendieron. Una enfermera y un médico entraron precipitadamente en el baño y me sujetaron por los brazos. Una mano me tapó la boca y vi horrorizado como ellos, la enfermera de pelo blanco y el joven doctor con ojeras, ¡¡NO SE REFLEJABAN EN EL ESPEJO!!. En la imagen, dentro del espejo, estaba yo solo, sujetándome el rostro con las manos y seguía riendo. Entró otra enfermera, joven y con gafas, en el baño y, entre los tres, me arrastraron a la cama, mientras aún me amordazaba el doctor con aquella mano que olía a jabón y a tabaco. El galeno se aproximó a mi oído izquierdo y susurró:

- Si no se calma, tendremos que amordazarle y atarle a la cama.- Y retiró su mano unos centímetros de mi boca.
- Pero el espejo... yo....- imploré.
- Más bajo, por favor.- rogó una de las mujeres.
- Yo....- No sabía como explicar. Estaba seguro de que me creerían loco y me atarían y...
- Por favor, Ángela, una pequeña dosis de valium.- recomendó el joven.

La enfermera de gruesas gafas salió y volvió tras unos instantes y me inyectó algo en el brazo, mientras la otra y el joven me sujetaban con fuerza contra el lecho. Tras aconsejarme que respirara hondo y al notar que había dejado de forcejear, me soltaron.

- Dígame ahora qué le ocurre.- me preguntó él.
- En el aseo, en el espejo... - dije entre balbuceos – Mi imagen me hablaba... y ustedes no estaban... ¿no lo entienden?. ¡NO ESTABAN!...

El médico volvió a amenazarme con la mordaza si seguía elevando la voz y bajando el volumen, sopesando las palabras, les expliqué lo que me había ocurrido desde la caída. Sus miradas pasaron de la sorpresa inicial a una mirada de triste comprensión al final del relato. Sabía que no me creían y pedí que comprobasen el espejo del lavabo. Ante mi insistencia, la enfermera del pelo blanco entró y al volver nos dijo a los tres que todo era normal. Para concluir, el doctor añadió que el psiquiatra me visitaría por la mañana a primera hora, a petición suya. La enfermera de las gafas escribió algo en un cuadernillo. Entre amenazas y amabilidades, se despidieron y me quedé allí mirando al techo, mientras el sedante me hacía efecto poco a poco. A mi pesar, y aunque habían dejado la luz encendida, me quedé pronto dormido.

Alguien me agitaba y me sacó de un profundo sueño vació y blanco. Ante mí, surgida como un bello ángel, una joven con bata blanca me sonreía mientras sus manos movían mis hombros. Era la psiquiatra que me preguntó por lo sucedido desde que recuperé la conciencia al pie de las escaleras. También se interesó por los accidentes de mi niñez, las relaciones con mis padres y compañeros de trabajo, mis conflictos con mis jefes... Me hizo también algunas pequeñas pruebas de lenguaje y cálculo sencillo y me miró los ojos, muy de cerca, con una linternita con forma de bolígrafo. El peso de sus pechos sobre mí, me arrancó una sonrisa y ella adivinando el motivo se excusó. Me pidió que me levantara y comprobó mi coordinación, mis reflejos y equilibrio. Concluyó que no me encontraba, aparentemente, nada grave y me citó para un encefalograma esa misma mañana. Aunque casi lo consigo, no acerté a leer el nombre que figuraba en su identificación. Tal vez, cuando saliera del hospital querría tomar un café conmigo. Ya lo averiguaría.
Tras la salida de la atractiva doctora, entró una camarera con un desayuno más bien frugal, que devoré con avidez.

Cuando un rato después sentí deseos de entrar al servicio, sin querer empecé a sudar. Ajena a mis temores, una empleada fregaba el suelo de la habitación con un detergente que olía a amoniaco. Tarareaba entre dientes una canción de moda.
Media hora después, muy asustado y urgido por una dolorida vejiga, entré en el baño a oscuras. No quería mirar al espejo y oriné en la penumbra que entraba por la puerta, que había dejado abierta adrede.

- ¿Te encuentras mejor?.- dijeron a mi espalda.

Creyendo que era el doctor de la noche o uno nuevo de la mañana, me volví y con un pánico creciente no vi a nadie.

- No te asustes y cierra la puerta o te encerraran por loco si te ven hablando solo.- dijo mi propia voz saliendo del espejo. Una imagen oscura, una sombra señaló la puerta.
Temblando, encendí la luz y cerré la puerta. Allí estaba yo mismo, pero más sonriente y tranquilo de lo que me sentía. Estudié a fondo la imagen y no cabía duda de que era yo mismo, con la barba incipiente, el nuevo vendaje profesional en la cabeza, el pijama del hospital con el nombre de la institución bordado en rojo en el bolsillo... pero sin que el reflejo, como siempre lo había hecho, me imitase en lo más mínimo.

- Pero... ¿por qué?.- me atreví a preguntar.
- No lo sé.- respondió el otro.- Quizá el golpe te permite ver este lado.
- ¿Qué... qué lado... de qué demonios hablas?.
- Sí, este lado del espejo. El otro lado....- me dije desde allí.
- Pero no puede ser. Tú no existes... eres fruto de mi imaginación... por el golpe... sí....- apunté como hipótesis, intentando convencerme a mi mismo, tratando de encontrar un sentido a todo aquello.- Solo eres mi reflejo, mi copia, no eres más que una copia de mí. Deberías imitar lo que hago.

Lo que me respondió me dejó aturdido, me heló la sangre en segundos:

- ¿Y POR QUÉ CREES QUE TÚ ERES LA IMAGEN REAL?.- me sonrió mi propio rostro.- QUIZÁ TE EQUIVOQUES Y ERES TÚ MI REFLEJO.

Y tras decir esto se llevó la mano a la mejilla y se tocó el cardenal que había crecido durante la noche. Sin querer y como si fuertes hilos tiraran de mi mano, yo también me acaricie la mejilla unos segundos después de la imagen. El otro se acarició la mandíbula y dijo algo de afeitarse y yo le imité, impulsado por una fuerza irresistible. Intenté decir algo pero las palabras se ahogaron en mi garganta cuando en el espejo apareció una enfermera que habló con mi otro yo.

Aterrado comprobé como, a mi lado, no había nadie... Intenté gritar, intenté gritar pero no pude: solo podía seguir los gestos del otro. El yo del espejo.

3 Diciembre 2005

Allí estaba ella. Una morenaza preciosa y simpática del departamento de contabilidad. Como descubrimos que ibamos a pasar la nochevieja solos, ambos cedimos en nuestras exigencias y sueños y convinimos juntar nuestras soledades de ejecutivos ocupadísimos.
Decidí que en primer lugar serviría, a modo de aperitivo unas olivas negras de Campo Real en aceite de oliva, un queso griego de tipo feta, hecho tacos blancos y primorosos y un jerez, La Ina, servido muy frío, para entrar en calor.
El primer plato eran unos macarrones al atún de lata según una receta que bordo, idea de un famoso libro de cocina. La salsa de tomate, con un poquito de azucar y finas hierbas, combinada con el vino blanco le da un sabor suave y delicioso a un primer plato casero, pero riquísimo. El aroma se extendía por el apartamento y ella lo percibía, encantada, mientras veía los últimos resumenes televisivos del año.
Después preparé una lubina, muy fresca, a la sal con pequeños toques de perejil, para que Arguiñano estuviese contento. La metí en el horno, según se hacía la salsa, lentamente, para que estuviera en su punto, justo al terminar el primer plato.
En el frigorífico, dos esponjosas muses de chocolate compradas en el supermercado de la esquina, porque hasta ahí no llego.
Ana, que así se llamaba mi invitada, se sentó con su escotado y sugerente vestido de noche negro y me miró maravillada. Siempre se sorprenden cuando es el hombre el que cocina y ya es un tanto ganado. Mientrás cogía el primer taco de queso, imaginé las delicias subsiguientes a la cena: el beso de fin de año, sus manos finas y blancas en mi nuca, mis labios en el abismo maravilloso de sus pechos prometedores...
Ella cogió una aceituna y ahí se acabó todo. Se atragantó.
Pasamos la noche en un frío pasillo del hospital, mientras los médicos y las enfermeras celebraban en los controles la entrada del año.

No empezamos con buen pie...

1 Noviembre 2005

Me tenías allí, petrificado y observando tu figura... y sentí que el momento se congelaba en aquel instante. Mis ojos, atraídos por tu cuerpo desnudo, provocador, indiferente, no daban credito a si mismos. Eras bella y tu piel llamaba a gritos a mi piel. Tu cuello, tu cintura pedían una caricía. Aquel tatuaje me rogaba que lo borrara con mis labios, con la punta insistente de mí lengua. Ahí estabas, desnuda, sugerente... solo para mí... esperando. En una de las intermitencias de la luz, en la sombra suave que se derramaba, como tu cabello, desde tus hombros, estabas por no cegar al sol que no podría resitir tanto delirio. Pero no todo en mi era deseo, lujuría, desenfreno, pasión arrebatada... ansias de tumbarte en aquel pasillo y susurrandote palabras dulces, hacerte el amor como nadie te lo había hecho y como nadie podría volvértelo a hacer jamás... Y eso otro que temblaba en mi era el miedo, el terror atroz a que me rechazaras, el pánico a verte mover los labios y decir susurrando "por favor, no"...
Pero quizá había esperanza, quizá aquella postura era la quietud, la calma antes de la tempestad. Uno de esos instantes de silencio, justo antes de que se derriben todos los diques y los impulsos nos ahoguen en roces y besos, abrazos y mordiscos, tirones y empujes... ¿Si no que esperabas?...

La voz del fotógrafo me sacó del pensamiento y todo se rompió como una burbuja demasiado tensa. Gritos de final, un albornoz para la modelo y focos que se apagan. Ella resuelta e inmutable, se arropó como si se acabase de duchar en su propia casa y el hechizo se disolvió. Palabras de agradecimiento y movimiento de ayudantes. Ordenes para mañana. Empece a hacer mi trabajo:

- "¡A ver, Manuel, yo quiero una limonada, un bocadillo de atún y un café solo...".

Corrí a por la comida del director de la revista...

Sobre BLUESEA WEBLOG

The current mood of Bluesea at www.imood.com Soy como soy: un amante de la vida en general y de todo en particular. Puedo disfrutar de la misma manera de una obra de Juan Sebastián Bach que de una hamburguesa con patatas, en compañía de un buen vino y un buen amigo. Enamorado del cine, de la literatura, del vuelo y la velocidad, de la pintura y la música bailable. Adoro defender al ser humano y a los animales. Me considero más budista que cristiano, aunque admiro la figura de Jesús. Estoy en contra de la guerra, la injusticia, la avaricia, el machismo, la violencia y todo aquello que dañe al otro. Humano en fin, lleno de defectos y con algunas virtudes. Si perdono a otros sus tonterías, ¿cómo no perdonar las mías?.

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