IV

La mañana había sido agotadora: la investigación en la catedral, las entrevistas con los demás curas que allí servían, el cambio de impresiones con el jefe de policía de la ciudad, el acoso de la prensa, las llamadas del Obispado, de la Jefatura Superior, del Delegado del Gobierno...
Después de comerse un bocadillo, bastante malo por cierto, con cierta tranquilidad, tras haber esquivado a los medios de comunicación, en un bar cercano, volvió al edificio gótico, pero entrando por la puerta de la Coronería.
Después de saludar al agente que custodiaba la entrada, entró en el templo vacio y bajó por la Escalera Dorada, la cual se decía que había sido copiada para la construcción de la que se encontraba en el edificio de la Opera de París.
Andó hasta entrarse en el centro del crucero y miró, curiosa, cincuenta metros más arriba, hacía el lejano cimborrio. Había leído esa mañana, en una guía una frase de Felipe II, con la que estaba totalmente de acuerdo, sobre tan magnífico lucernario: "que más parecía obra de ángeles que de hombres". La luz tenue de la tarde que caía desde lo alto daba un aire de ensueño al momento.
En aquel silencio que olía levemente a incienso, cera y humedad, sopeso el gran espacio que ocupaba la enorme iglesia. Imaginó los altos andamios, los esforzados trabajadores, los escultores pacientes, los hábiles canteros, los herreros, carpinteros, arquitectos levantando, poco a poco, en el transcurso de largos años, piedra a piedra, talla a talla, reja a reja cada arco, cada arbotante, cada contrafuerte, cada bóveda, cada columna... Vio izarse paredes, naves, capillas, corredores y vidrieras como en una cámara acelerada. Sobre ella volaban sillares, estatuas de piedra, tallas de madera, gárgolas, lámparas que se encendían, libros, bancos... y se colocaban, como por arte de una magia constructora, cada una en su sitio, como una sinfonía del movimiento, para el transcurso de los siglos.
Se sentó en un banco frente al retablo mayor y, después de admirar unos minutos aquel conjunto dorado y abigarrado de imagenes y devoción, repasó todo lo que tenía. A falta de los datos del laboratorio, se encontraba con las manos vacías. Las huellas del calzado no dirían mucho y no sé encontraron encima del cadaver ni hebras ni cabellos ni restos de otra sangre que la del finado. Los interrogatorios que hizo a otros sacerdotes de la catedral no revelaron enemigos conocidos ni, al parecer, motivación alguna. Al día siguiente, pensaba acercarse al Obispado para investigar en los anteriores destinos del cura fallecido. Le extrañaba lo facilmente que el asesino pudo entrar y dedujo que quizá se disfrazara de clérigo...

En estos pensamientos, y otros semejantes, estuvo unas dos horas en completa soledad, ya que ella misma había dado ordenes, con el consentimiento teléfonico del Obispado, de que se suspendiesen todos los actos religiosos hasta nuevo aviso.

Con no leve sobresalto, oyó una voz llamándola en la oscuridad:

- Señora, ¿esta usted ahí?.- preguntó el joven que la acompañó por la mañana.
- Por favor, llámeme Mariam.- contestó al reconocer la voz, volviendo a poner la cinta que sujetaba la pistola en la cartuchera.
- En ese caso, mi nombre es Joaquín.- dijo él, saliendo de las tinieblas y dirigiéndose hacia donde estaba sentada con una sonrisa. No escapó a sus ojos el brillo del arma que ella ocultó con discrección.

Bajó aquella luz suave, el rostro del hombre le pareció muy bello y, avergonzándose de si misma, reconoció que era la primera vez que le prestaba realmente atención y que el sentimiento no era lo "puro" que la situación y el lugar requerían.

- ¿Quiere un café?.- Ofreció él.
- ¡Encantada!.- Y nada más decirlo se dio cuenta de que había puesto demasiado enfasís en la palabra.