II

Hojalatero y yo paseamos juntos por la umbría: yo encima y él debajo, porque todavía hay clases. El crepúsculo, oliendo a trapo húmedo, expande por los bancales anchoas de sombra. Me bajo de Hojalatero y le digo con mimo: "Arre, borriquin" Pero él, terco y racial, no se inmuta. Con una correa que huele a tomillo, le propino un bondadoso rapapolvo. ¡Filosófico bichejo!: permanece clavado en el sitio. Y yo, mirando de reojo el crepúsculo para no perder comba, empiezo a tirar de Hojalatero murmurando palabras alegres. Unas gotas de sudor ambarino se esparcen por mi frontis. Al cabo de una hora, tengo que volver al pueblo en autobús. ¡Encantador animalucho! Ma rayo le...

Alvaro de Laiglesia. Un naufrago en la sopa.