Me resulta, al menos, curioso el rito de la virgen de Huelva, que solo menciono por coincidir en el tiempo. En realidad, la cuestión que me planteo no tiene una celebración religiosa como origen si no muchas de ellas. Desde los pasos de la llamada Semana Santa hasta el recorrido del Camino de Santiago, desde los tiempos más remotos hasta ayer mismo, es común el impulso aventurero, deportivo de muchos ritos religiosos. Se trata en la mayoría de las ocasiones de competir en fervor mediante el esfuerzo y/o el sufrimiento más o menos evidente. Arrastrando desde la Edad Media el camino del dolor como vía hacia la "supremacía espiritual", se valora quien lleva o levanta más peso, quien es más rápido o ágil y sobre todo, quien soporta más y mejores padecimientos, ya sea con cadenas en los tobillos, pies descalzos, flagelaciones en la espalda o crucifixiones más o menos sangrientas. De tal forma que se establece un ranking de los más abnegados sufridores de torturas y se llega a la curiosa conclusión de que quien más dolor siente y más en silencio es mejor... No sé, en realidad no sé... ¿devoto, fiel, practicante...?. Por más que uno busque en los textos sagrados ese valor sagrado del dolor no lo encontrará realmente. Se interpreta, con interés, el martirio de los seguidores de las ideas de un líder como expresión autentica de fidelidad y obediencia, justificación maravillosa para una resignación religiosa de ciertas clases en beneficio de otras (que se deben reír interiormente de las primeras a mandíbula batiente mientras viven entre lujos y comodidades). Cuando leemos como los textos realmente valoran la felicidad y el placer de los humanos (se suelen censurar, por ejemplo, los salmos bíblicos por ser demasiado "complacientes") nos resulta cuando menos chocante esa magnificación del dolor y la muerte.

Nuestro país tiene aún ecos de esas religiones primitivas en las que con sangre entra el amor a los dioses. Como siempre, según mi punto de vista, que cada uno haga lo que quiera, mientras no se lastime al prójimo, pero si son creencias que comunicamos a nuestros hijos podemos entrar en peligrosos callejones sin salida.

Todos sabemos las barbaridades que en todas las épocas hemos justificado en nombre de las creencias políticas, sociales y religiosas.

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