"Soy esa absurda epidemia que sufren las aceras".- Joaquín Sabina.
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Cuando me desperté hoy lo primero que hice fue desconectar el despertador para que mañana sábado no suene a las seis de la mañana. Desayuné galletas en la fría cocina mientras la locutora de la CNN me contaba como van las cosas y yo pensaba en lo guapa que estaba. Salí de casa, sin muchas ganas, mientras se disolvía poco a poco la cerrada obscuridad de las montañas. Con aire caliente, desempañé los cristales del automóvil y la niebla desapareció.
En los kilómetros de carretera negra y camiones prehistóricos, planeé la tarde sin mucha convicción, aunque con la alegría leve del fin de semana que empieza. Todo un sábado por delante para hacer cualquier cosa, que luego se va en esa película que tienes tantas ganas de ver. Ya en mi destino, brillos y reflejos dorados en las azoteas hablaban de una mañana luminosa y alegre.
Al llegar al trabajo me di cuenta de que algo no cuadraba: el calendario se obstinaba en dar un día más, un día que sobraba y que ya tenía que haber pasado. El ordenador lo confirmó: hoy es jueves. Se me ha quedado cara de haba confusa, de desequilibrio temporal y el fin de semana se colocó, instantáneamente, aún lejos de mis dedos. El proyecto para esta tarde se ha hundido y tengo que recordar poner de nuevo la alarma del despertador. Sonrio a la gente con la mueca del engañado, con la postura del estafado... por si mismo. El peor timo de todos. Quizá para un mago sería una hazaña sacar un día más, veinticuatro horas de la chistera del tiempo. A mi, no me hace gracia. Apenas...