Entro en la habitación y no está. No está su cuerpo, pero su fragancia aún flota en el aire y el recuerdo azul palpita como el corazón de una paloma que acaba de posarse. Y no está y, para estar con usted, he de imaginarla, recrearla en mi mente llena de deseo, dibujarla en el aire porque ya, realmente, no la veo y sentir que tan pronto, quizá demasiado pronto, la echo de menos. Y mis manos apenas acaban de tocarla, hace nada se enredaron en su pelo y sus sonrisas, dibujaron cada línea de su piel, pero no llegaron a saciarse. Y todo fue una cascada de abrazos y susurros, donde ya estaba dicho todo lo importante y fue un dejarse llevar por el anhelo, por el roce de los dedos, por labios que eran caricias de terciopelo...

Y ahora, en la distancia, cuando no siento el cariño, la curiosidad, la pasión de su mirada verde, cuando ya su mano no roza mi nuca, cuando no estan sus pechos en mi espalda, cuando su voz no me llega dulce, cuando al girarme en la cama, al torcer un esquina, al abrir una puerta y no encontrarla -son cálidos recuerdos-  y solo quedarme su perfume, es ahora, tan pronto, cuando sé que la echo de menos.

Y voy a cenar y no está en el sillón, y la buscó con la mirada afuera, en la callé, y no la veo, aunque sé que no estará, pero tal es mi deseo. Y vuelvo de nuevo a la habitación y noto de nuevo el olor de su cuerpo y veo de nuevo su sonrisa y noto de nuevo el calor de su pecho... pero no, no está. Y deseo dormir y contento hallarla de nuevo feliz en mis sueños y volver a acariciar despacio su rostro risueño...

Y todo es volver al reloj, al calendario, para contar de nuevo los minutos y los días y esperar el reencuentro de sus ojos, de su palabra calida, de su cariño infinito y seguir sintiendo que aún no está, que fue una delicia el momento, pero que ahora, en la distancia, solo sé que me pasaba hace un instante, que es ahora lo que lo siento y que mañana aún diré: Siria la echo de menos.