Cuando, como en esta mañana, me entero de que alguien conocido, pero no cercano, ha muerto de repente me detengo de golpe y siento que vuelvo a la realidad instantaneamente. Como si un cañón de luz me apuntara de improviso hay un fogonazo cegador y todo se hace muy claro, muy evidente... quizá demasiado. Casi todo pasa a un segundo puesto, casi todo es menos importante y tomo conciencia de que sí, de que realmente vivimos unos años y que el fin es inesperado y puede llegar sin previo aviso.

Durante unos minutos, tal vez unas horas, me planteo que podía haber sido yo mismo y analizo que estoy haciendo, en que se me está llendo la vida... En esos momentos, el sueño del madrugón, los atascos de tráfico, las tontadas de mi jefe son minucias que no me preocupan y otros detalles sumergidos en la vorágine de la rutina suben a la superficie. ¿Hablé con aquel amigo que tengo medio olvidado, a quien hice daño, hago felices a quienes me rodean... soy feliz?.

En efecto, esto es una representación única de una sola funcíón, no hay ensayos ni segundas oportunidades. La palabra dura que dije allí quedó, los días que perdí ya no volverán y aquel verano en una playa de Murcia solo está en mi recuerdo. ¿Qué queda al final?. A mi parecer, aquella noche de cariño y caricias, aquel día en el parque de atracciones con los niños, aquella charla con amigos cerca del fuego... esos recuerdos agradables, esos momentos en los que toque la felicidad con la punta de los dedos. Si me apuran más, aquel apretón de manos al amigo, aquel beso junto al tronco del árbol, aquella mirada de un anciano agradecido...

Y hubo momentos malos, ¿cómo no?... pero ¿para qué recordarlos?.

Prefiero irme con una sonrisa y que en mi epitafio pongan: "perdone que no me levante".