Es increíble el poder del lenguaje. Todos, antes o después, hemos experimentado ese poder.

Se levanta uno con alegría, ganas de vivir, todo sonrisas y alguien cercano, alguien cuya opinión nos importa, o con la autoridad suficiente, nos dice una palabra y todo cambia, se tuerce y el día se nubla de repente como el cielo en una tarde de verano ante la tormenta inesperada. Se derrumban las ideas positivas y nuestro rostro torna a expresiones cerradas y obscuras. Por fortuna, también sucede al contrario. Ese día gris, cuando estamos desanimados, cuando parecen faltar los motivos para continuar, recibimos una palabra amable, acogedora, cariñosa y resugimos de nosotros mismos como los brillos de un torrente bajo los rayos del sol. Se abren todas las puertas y el tiempo parece nuestro aliado. Animados y alegres, sentimos que los planetas se coordinan para nuestra dicha.

Siendo así, o más o menos dependiendo de la sensibilidad de cada uno, cuidemos lo que decimos. Valoremos el posible efecto de nuestras palabras. Seguro que nuestro familiar, nuestro amigo, nuestro compañero espera ese efecto positivo, esa palmadita en el hombro que le ayude a llevar su propia carga cotidiana. Hay veces que ni siquiera hace falta el verbo, a veces solo se necesita una sonrisa. En estos tiempos y lugares, en los que tenemos pánico al contacto físico y que un abrazo es un mundo, una sonrisa puede ayudar y significar mucho. No seamos tan tacaños. Un "¡ánimo!" no cuesta tanto...