Todo lo que pienso,
todo lo que deseo,
todo lo que sueño,
toda mi esperanza
y anhelo.
Todo lo que te quiero.
Toda mi pasión y mi cariño,
todas mis sonrisas,
todo mi entendimiento,
todas las palabras que no dije
y las que deseo decir
y no puedo,
todo mi silencio,
todas mis miradas atentas,
todas las mañanas
en las que te espero,
todas las noches
en las que te despides
prometiendo
lo que no será.
Toda mi persona,
la que vive
y respira,
la que escribe versos,
mi ser entero,
es tuyo.
Nada más tengo.
Pero siento
que el juguete te aburrió
y lo abandonas,
indolente,
y así,
como siempre
quedó malherido,
decepcionado
al darme cuenta
de que ni dando todo
no sirve para nada.
Al final,
después de darlo todo,
otra vez,
(¡Señor cuantas!,
¿por qué tantas?)
el dolor
y el vacio.