Autor de la fotografía: John Hill.

Tengo una amiga que habla de la vida de cada uno como el viaje en un tren y estoy muy de acuerdo con ella. Este sale de la estación el día que uno nace y llega a su destino el día que uno muere. Uno no recuerda cuando el tren partió ni sabe cuando llegará a su meta. Durante el trayecto hay gente que  viaja contigo durante un tiempo y se baja en la estación que quiere o en la que las circunstancias le obligan. Así un amigo con el que creías compartir muchos kilómetros de viaje puede morir y dejarte antes de lo que creías. La mujer con la que pensabas compartir todo el trayecto decide bajarse en una estación cercana en la que tu no creías que fuera a hacerlo. Otros suben al tren de forma imprevista y se quedan contigo más de lo que esperabas. En realidad uno no puede impedir, ni debería intentar si quiera, que los demás pasajeros se bajen cuando lo deseen. Por mucho que uno no lo quiera, el tren sigue su camino sin esperar a nadie. Según mi amiga, cuanto antes aceptemos el viaje y disfrutemos de él, antes seremos felices. Dice que no hay que apenarse por los que descienden en las estaciones por propia voluntad porque ellos también tienen derecho a hacer el viaje con quien quieran. Pensando sobre la imagen, sé que todos viajamos solos la mayor parte del tiempo y es un hecho que hay que admitir cuanto antes. Hay paisajes hermosos en los que te gustaría quedarte, pero no hay parada en ellos y si hay estación hay que saber que el tren pronto seguirá la marcha. Otras veces te detienes en un paraje obscuro y desagradable, pero no hay que olvidar que es por un tiempo limitado. Creo que hay que alegrarse con la compañía, disfrutar de los kilómetros en común. En fin, gozar con el viaje.