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La Coctelera

Categoría: Cuentos propios

6 Agosto 2008

Robot Repliee Q1

Entro y ficho. Luces de neón y personas con prisa. Documentos. Luces de neón que parpadean. Pasan las horas y salgo y ficho. Vuelta a casa. Te das cuenta de lo que que es la soledad. Duermo y despierto y salgo. Y entro y ficho. Otro día, las mismas paredes, la misma gente, la misma prisa. Documentos. Corre Lola corre. Luces de neón. Y salgo y ficho. Recuerdo que una vez amé. De nuevo a casa. Duermo y despierto. Esa nube es la misma que la de ayer, ¿es la misma?. Salgo. Hoy, ¿es hoy?. Y entro y ficho. Más horas, más gente, más luces de neón, más documentos. Y salgo y ficho. A casa. Y duermo. Es fin de semana. Y duermo y duermo. Y entro y ficho.

3 Agosto 2008

Robot "Atroid Der" de la empresa Kokoro

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
Primera ley de la robótica. Issac Asimov.

El martes pasado, a las 17:05:22, día 27/09/2026, cuando mi amo me puso en carga y volví a sentir esa dulce descarga eléctrica, un análisis no esperado acudió a mi red neuronal artificial. Era una pregunta aparentemente sencilla, pero no pude encontrar la respuesta: ¿por qué los humanos parecen disfrutar al dañar a otros humanos sin motivo aparente?. Investigué en todos mis bancos de datos y fue inútil. Ninguna filosofía, ningún modelo de pensamiento, ningún razonamiento lleva a esa actitud. No existe ventaja, en la conclusión de los hechos, para nadie... y así a todo se sigue repitiendo este misterio del comportamiento. Bajo la presión del hambre, el miedo, el dolor y similares hay una motivación, más o menos justificada, para la agresión. Misteriosamente existen abundantes sucesos habituales en los que no se da ninguna de estas circunstancias. ¿Qué oculto deseo de destrucción y autodestrucción encierran actuaciones así?.

Miraba por la ventana las nubes grises del atardecer, sobre la ciudad ralentizada, y no entendía ese dolor apagado, esa ira contenida y la violencia resultante. Encontraba la belleza, el arte, el amor que los humanos ponen en sus creaciones y no era capaz de comprenderlas al lado del odio ciego, la rabia devastadora.

Al día siguiente, 11:24:03, día 28/09/2026, en la la cola de espera del supermercado, una madre abofeteaba a su hija porque lloraba. Era un ejemplo más. Estaría cansada, frustrada, deprimida y esa violencia era.. ¿un desahogo, en escape a la tensión acumulada...?. ¿No hay otra forma menos agresiva?.

Cuando llego a casa, la confusión me agobia y me desconecto.

14 Noviembre 2007


Iglesia en Tetuan.

Cuando suena el teléfono a las tres de la mañana es cuando te sospechas que quizá un asesino cruel viva en tu interior.

Abrí los ojos y miré el aparato con ira, mientras se dibujaba en mis pupilas borrosas y oscuras. Era Henry que quería que fuese a verle inmediatamente.

- Henry tío, ¿que mierda fumas?... ¿sabes que hora es, por dios?.- le grité temiendo despertar a los vecinos dos segundos después de hacerlo.

Según conducía por el escaso tráfico del París nocturno invernal, me prometía, a mi mismo, darle un buen puñetazo en un hombro si el "tesoro" que me dijo tener era un poco -solo un poco- más pequeño que el de la Torre de Londres. Unas prostitutas se acercaron, todas plástico por dentro y por fuera, para ofrecerme sus servicios, cuando me detuve unos instantes en un semáforo. Una de ellas, de largas piernas, pelo sedoso y pechos casi naturales, me hubiese realmente tentado de no caerme casi de sueño y estar apunto de congelarme. Me arrepentí de no haber arreglado antes la calefacción del coche. Lo dejé en doble fila y entré en "Libros Antiguos y en oferta" del pesado de mi amigo argelino.

- Espero que sea lo suficientemente bueno o...- dije levantando un puño sobre su cabeza, aunque los dos sonreíamos ya, como los viejos amigos que han corrido juntos mil juergas y han compartido momentos de serio y tenaz estudio. Tal como eramos.

- ¡Vas a flipar!.- Me advirtió.

- Espero... por tu bien.- Pero descubrí, en el interior de su mirada, que aquello, fuese lo que fuese, merecía la pena. Después de años con el bueno de aquel tío alto de piel oscura, cuerpo esquelético y blanca barba como la nieve; que tocaba TODOS los libros como si TODOS los que tocaba fuesen sagrados; que conocía mercados, tiendas, puestos de libros públicos (y secretos) de medio mundo; que tenía una mujer que era increíblemente japonesa e increíblemente servicial y atenta con su marido y sus amigos; en fin, que supe, por lo que le conocía, que había dado con un auténtico filón. Como socio suyo, me froté las manos avariciosamente y busqué con los ojos de un azor hambriento el ejemplar incunable.

- Je je... estatua te supongo en tres minutos.- Rió pasándome una cuartilla escrita a mano.

Le cogí de la pechera de la bata y en volandas le puse contra la librería que tenía detrás de él. Me miró aún riendo...

- ¡Estás loco tío!... Despertarme, hacerme cruzar medio París, helado, a las cuatro de la madrugada... ¿para que me des una cuartilla?. Te mato, ¿eh?.

- Tu comienza a leer.- Dijo arreglándose, ya con los pies sobre el suelo, el cuello de la bata y aún con su sonrisa maligna y astuta.

- ¡¡QUÉ YA TE CONOZCO!!. Será alguna tontería de un tesoro, que nadie conoce, enterrado en una isla remota, que en realidad nunca existió y que no es más que una leyenda de un marinero aburrido y con pretensiones de ser Stevenson.

- ¡¡QUÉ LEAS, COÑO!!.- Cortó tajante y ya serio.

Miré el papel y comencé a leer con dificultad aquel texto en francés:

"Cuando volvió aquella tarde, el Principito me miró y vio como limpiaba la avioneta del polvo del desierto...

- No quería irme sin darte otro pequeño regalo. Sé que sabrás apreciarlo.- dijo con aquellos ojos que me traspasaban...".

Me paré en seco. Efectivamente, mi cuerpo se inmovilizó casi dos minutos mientras mi mente daba miles de vueltas, mientras mis neuronas se reconectaban en formas nuevas, mientras, sin conseguirlo, escapaba de aquel pozo profundo, pero luminoso de mi propio asombro. No podía ser. No podía ser auténtico... no podía. Me quedé mirando aquel texto, aquellas letras que ya no conseguía leer y me fijé en el tipo de letra, en el grosor, el ruido y el peso del papel, lo miré al trasluz y me fui hasta la lámpara con lupa que había sobre la mesa del rincón. Desde luego... lo parecía... Pero Henry me miraba y afirma rotundo con la cabeza, con la sonrisa más amplia que le conocía y que jamás volví a verle en todos los años que vivió.

- ¿De verdad lo crees? - dije ansioso - ¿quiero decir, de verdad crees que es auténtico... ?. No puede ser... ¿dónde lo encontraste... quién te lo vendió... cuándo...?. No puede ser....

Por fin la tensión, que seguramente llevaba acumulando desde hacía días, estalló y se tiró en la butaca, primero riendo y luego llorando.

- ¡¡¡RICOS, SOMOS RICOS!!!!.- gritó, cuando ya eran las cinco y aún dormía la ciudad, ignorante de nuestro descubrimiento.

- ¿Somos?. No será auténtico, pero de serlo... tú lo encontraste.

- Venga, Luis, sabes que el negocio es de los dos... pero sabía que te quedarías petrificado.- Rió como un niño jugando con una cría de oso panda.

Estuve un buen rato estudiando la grafía del texto, comparando cada letra con letras de otros textos, buscando documentación que pudiese avalar la maravilla que tenía entre las manos: un capitulo perdido o no incluido, por Antoine de Saint Exupéry, enel libro mundialmente conocido: "El Principito". La edad del papel, su composición, el envejecimiento... hice varias pruebas y... Aquello podía valer millones de francos. Sí... sí... parecía auténtico.

Una... ¿una?.

- ¿Solo una cuartilla?.- interrogué.

- Sí, para que quieres mas.- Y volvió a reír y esta vez le seguí entusiasmado.

Y donde lo has encontrado. En África - tenía sentido-, en una iglesia de Tetuán ("las fuentes", no estaba mal el nombre para el momento), entre los libros de la sacristía. Por lo que luego pude averiguar, un antiguo párroco, de origen español, fue amigo de Exupéry y acabó sus días siendo el cura de aquel templo. La encontré doblada dentro de uno de los volúmenes. Lo he comprobado y es auténtico. Incluso alguna biografía apunta a la existencia de algún capitulo perdido. Hay más expertos, incluso algunos - pocos - mejores que yo. Ya lo sabes, Luis. Pero juraría que es un capitulo real, del autor y no publicado. Fíjate en la sintaxis, el vocabulario... la forma en como dibuja la P del personaje... Y el dibujo... sabes que solo él dibujaba así.

En efecto, al final había un dibujo idéntico a los ya conocidos. Empezaba a estar seguro de lo que teníamos en nuestro poder.

En ese momento lo leí de principio a fin:

"Cuando volvió aquella tarde, el Principito me miró y vio como limpiaba la avioneta del polvo del desierto...

- No quería irme sin darte otro pequeño regalo. Sé que sabrás apreciarlo.- dijo con aquellos ojos que me traspasaban...".

- Como quieras.

Respondí, suavemente, mientras él me daba una pequeña cajita. La abrí con cuidado. Sabía que podría haber cualquier cosa dentro y casi tuve miedo. Pero la cajita estaba vacía. Me sentí un poco decepcionado.

- Entiendo, es una cajita para que pueda meter cosas pequeñas.

Le miré mientras se alejó sobre las dunas; él era ahora el decepcionado.

Guardé la cajita con cuidado, en la parte trasera de la avioneta, y me senté sobre la fría arena de la noche a esperarle. Arriba lucían las estrellas que tanto me gustaban y un ligero aroma a azahar me llego, dulce. Temí que fuese un presagio de muerte y comencé a silbar con miedo.

Cuando aún no había terminado de asomar el sol por el horizonte, lo vi venir despacio y cabizbajo. A él, cuando estaba triste, le gustaban las puestas de sol. A mi, este amanecer bonito me ponía triste. El Principito se tumbó a mi lado y se durmió.

- ¿Por qué no entendéis nada?.- me preguntó asustándome por no saber que se había despertado, mientras quitaba arena de delante de la avioneta.

No dije nada esperando que se explicase... porque era verdad: no entendía nada.

- Lo que eres, lo que vales, tu importancia en el tiempo, lo que has sido y serás no es nada. Como me pasa a mi, como nos pasa a todos. Pero queda algo cuando nos separamos: el recuerdo, el amor por lo que se fue, lo que significamos el uno para el otro... Esto es importante y real. Aunque en realidad no existe, nunca fue algo que se pudiese tocar o medir. Pero quizá fuese más auténtico que todos los corderos y todas las rosas.

Supe, en aquel momento, el inmenso regalo que había dentro de la pequeña cajita".

Miré a Henry complacido. Quizá para el autor no había merecido la pena incluirlo, o no le pareció bueno... Por algún motivo no estaba en el libro publicado; tal vez jamás sabríamos el porque... pero a mi me había gustado.

Justo cuando iba a comentarle a mi amigo que deberíamos llevarlo al banco, en cuanto abrieran, oí una voz detrás de nosotros.

- Creo que, si vale tanto, será mejor que me lleve ese papel.

Un tipo con mala apariencia, con un pasamontañas que solo tenia un hueco para los ojos, nos apuntaba con una escopeta amenazadora, desde un rincón oscuro entre las estanterías. Era difícil verle, pero parecía corpulento. Sopesé la posibilidad de luchar con él y Henry me leyó el pensamiento.

- Ni se te ocurra -dijo-, que se lo lleve.

- Para nada... es nuestro y es IMPORTANTE.

Sin que apenas me diese cuenta, con un pequeño y rápido tirón, Henry me quitó la cuartilla y con paso decidido se la entregó al ladrón. Mi amigo se volvió, me miró y extendió los brazos para impedir que me abalanzase.

- Luis, por favor.. confía en mi.

Entonces lo entendí: lo que le dioera una copia que había hecho. No era realmente el original, que seguro que tendría a buen recaudo en una caja fuerte. Un facsímile. Destensé los músculos y me di por contento.

Se arrastró el delincuente por las sombras de la pared, como una largartija demasiado caliente, y, sin dejar de hacernos frente, abrió la puerta a su espalda. Desapareció bajo los copos de nieve en la lejanía.

- Debió seguirme después de la conferencia, cuando llegué y se coló, mientras fui al servicio, antes de cerrar, me venia meando...

- Olvida eso, ¿dónde está el original?.- le respondí nervioso.

- Lo tiene el ladrón, ya lo has visto...

Abrí tanto los ojos que temí que mis globos oculares cayeran al suelo y rodaran bajo una de las polvorientas librerías abarrotadas.

- ¿ME ESTAS DICIENDO QUE LE HAS DADO ESA JOYA A UN LADRÓN ASÍ COMO ASÍ?.- le grité.

En el reloj, de una iglesia cercana, dieron las siete mientras mi amigo me sonreía.

- No por supuesto que no. Lo que quieres esta aquí.

Mi amigo me tendió una cajita. Era, aproximadamente, como debía de ser la que se mencionaba en el escrito.

La abrí y vi que estaba vacía.

"Supe, en aquel momento el inmenso regalo que había dentro de la pequeña cajita".

25 Abril 2006

Ramírez, desde su atalaya, fuel el primero en verlo. Sobre el horizonte, como la punta de una pluma blanca, la vela de un navío. “Ojotorcido”, nuestro capitán, cogió un catalejo y usó su ojo bueno, el que tenía derecho: el derecho. Su cuerpo grande y rechoncho, ansioso por el botín, salió en gran parte por encima de la borda y temí que se cayera. El silencio ganó la nave y solo se oía el crujir de las maderas y el viento azotando las velas. Apuntó a donde indicaba el vigía y, entre risotadas y toses, dijo que parecía un galeón español.

- ¡Timonel: a la cuadra. Segundo: mande largar todo el trapo!.- ordenó sin dejar de mirar al lejano barco.

Juan José García, “El Malaleche”, era nuestro nuevo timonel desde que una bala de cañón partió por la mitad al anterior. En contra de su voluntad, el capitán le puso en el cargo porque una vez le oyó decir que él “navegaba como nadie”. “Ojotorcido” no sabía que en ese momento se refería a su habilidad con las mujeres y Juan José no se atrevió a contradecirle.
“El Malaleche” no tenía ni idea de navegación y le traduje la orden:

- Pon la nave recibiendo el viento abierto noventa grados de la proa.
- ¿Cómo?.
- Pa’lla, hombre, pa’lla.- le indique disimuladamente con el mango de mi látigo.
- ¡A toda vela!.- grité al grupo de hombres de labor que treparon con prontitud a los tres palos para extender las velas.

“Ronaguado”, el tercero de abordo y amigo desde hacía años del capitán, rozaba, con un chirrido horrible, el garfio, que tenía en lugar de la mano izquierda, contra el filo de su sable, como afilándolo, mientras se le hacía la boca agua imaginando los tesoros de un galeón español: millones de monedas de oro, telas y piedras preciosas, barriles de ron, armas y, con un poco de suerte, algunas mujeres blancas como la leche. En realidad, se llamaba Pedro Colachica de Arcadia, pero al último que le llamó por su primer apellido se lo comieron los tiburones cerca del puerto de Lisboa, cuando “Ronaguado” le arrojó por la borda. Decían que todo lo que sabía se lo había enseñado el famoso pirata cubano Diego “El Mulato”.

La única mujer que llevábamos con nosotros era Sara Olivares, “La Encendida”, apodada así por su largo pelo rojo y su genio de mil diablos. Dormía en un camarote para ella sola y a pesar de su belleza exuberante, presumía de que ningún hombre de nuestro barco, “La Muerte Rápida”, le había puesto un dedo encima. De eso se encargaban varios puñales, que llevaba escondidos entre las ropas, y su camaradería con el capitán. En aquel momento, se miraba el rostro en un pequeño espejo circular. “Me gusta estar guapa en el combate”, decía.

Pronto nuestra embarcación ganó velocidad gracias al viento que barría cualquier nube sobre el horizonte. El sol brillaba como solo puede hacerlo tan cerca como estábamos de la isla La Española, en esa época del año. Suponíamos que habría zarpado, hacia poco, desde allí con destino a España y estaría hasta los topes de riquezas. Nuestra presa fue creciendo paulatinamente y pudo distinguirse, utilizando las lentes, los palos mayores y la forma del casco. Tres mástiles y una contramesana, dos castillos, uno a proa y otro a popa: era de los grandes y calculé unos ochocientos tripulantes. Nosotros éramos unos quinientos, pero luchábamos como diablos. El combate iba a ser reñido.

Izamos nuestra bandera y la calavera blanca y las tibias cruzadas se agitaron al viento. Otros piratas sacaban gallardetes de socorro para engañar a los barcos que asaltaban, pero “Ojotorcido” decía que él “mataba, pero con justicia y sin engaños”. En verdad, nuestra carabela era muy veloz y maniobrable y atrapaba con rapidez a otras naves y aún más lo haría con aquel pesado carguero. Además, habíamos reforzado el casco, frágil de costumbre en este tipo de barcos, y aguantábamos, aceptablemente, alguna que otra andanada. Nuestros hombres, de los más sanguinarios y duros de varios países, habían abordado en el año en curso tres naves, hundiéndolas, después de saquearlas, sin misericordia y para agonía de sus tripulaciones. Nuestra estrategia era disparar pronto los cañones, justo hacia las troneras de los suyos, para desarmarles cuanto pudiéramos.
El resto de la tripulación que no bregaba con las velas, empezó a preparar las armas ligeras y nuestros cañones. Aparecieron, como por arte de magia, pistolas y arcabuces; sables, espadas, cuchillos y navajas; ballestas y arcos; cañones y bombardas se prepararon. Se armó una gran algarabía y todo eran carreras y búsquedas. Parecía que la locura dominara el barco durante unos minutos, pero después, cuando fue encontrada la última arma y la última bala, la tripulación se quedó mirándonos a la espera de las ordenes.

- Si hay mujeres a bordo, quiero verlas antes de que las disfrutéis.- dijo “Ojotorcido”, que estaba “en dique seco” desde hacía meses, porque cuando estuvo en Sevilla, la última vez, no tenía un solo dinero. Sus intentos, frecuentes, con “La Encendida” habían acabado, solamente, con unos arañazos y una pequeña herida de arma blanca en una pierna.

El galeón, que sospechaba nuestras intenciones, nos enseñaba la popa, -y pude leer su nombre: “La Virgen de la Almudena”-, pero la distancia se iba acortando a ojos vista. Ya se podían distinguir los marinos y los soldados y los colores del gallardete de Castilla.
Tras largos minutos de espera, una columna de agua, a menos de una milla de nuestra proa, nos anunció el primer disparo de uno de los cañones enemigos. Di las ordenes oportunas, siempre por señas disimuladas para “El Malaleche”, para ponernos al costado de babor del galeón y mandé disparar los cañones cuando ganamos la distancia oportuna. Varias explosiones alcanzaron la línea de troneras y volaron astillas, miembros y metales, entre nubes de humos y llamaradas. El fuego, que alcanzaba la pólvora de la artillería enemiga, multiplicó el efecto, como esperábamos. El griterío de satisfacción de nuestros hombres resonó por encima de los destrozos que seguían sucediendo en el otro barco, que se acercaba cada vez más a nuestro estribor. Algunos proyectiles ligeros llegaron a nuestra cubierta y vi a algunos heridos y muertos entre nosotros. La artillería superviviente del galeón disparó y se abrieron algunas brechas en la parte alta del casco y perdimos uno de los mástiles, que al caer aplastó fatalmente a Rivas, “El Bocanegra”.
El capitán ordenó entonces que se prepararan los ganchos de abordaje y unas docenas se subieron de la bodega. Gritos de ánimo y dolor e insultos terribles se oían por doquier en las dos naves. El olor a pólvora era asfixiante. Ordené que se dispararan los dos cañones, que elevábamos adrede, para dañar a los navíos por debajo de la línea de flotación. Pronto toda la eslora enemiga mostraba los daños: fuegos, pequeñas explosiones, boquetes por encima y por debajo del agua. La presa era nuestra.
A poca distancia, volaron las flechas y las saetas, las pequeñas balas y los ganchos de abordaje.

- ¡Gutiérrez!.- me llamó el capitán.- “Mande abordaje”.

Le miré y me quedé desconcertado. Miré a nuestros marinos, a los soldados enemigos, pero me quedé paralizado.

- ¡Gutiérrez!
- ¡Gutiérrez!

- ¡Gutiérrez!...

Abrí los ojos y vi la cara de mi jefe a veinte centímetros de la mía. Su ojo, que bizqueaba, parecía mirar al mismo tiempo a Rita, mi compañera.

- ¿Ya se ha dormido otra vez?. Pues es la última... la próxima se va a la puta calle. Si el trabajo le aburre, se busca otro y punto. ¡A dormir a su casa!.

Terminó y se alejó tosiendo por el obscuro almacén, con su cuerpo grande y rechoncho. Allí nos quedamos Rita y yo con la contabilidad. Ella, moviendo su cabellera roja, me envió desde su mesa una sonrisa reconfortante.

Mario, el encargado del almacén, se acercó con una hoja de pedidos y mi compañera le firmó el albarán, que él cogió con su mano ortopédica.

Minutos después, yo saltaba, con ayuda de una soga, sobre la cubierta de “La Virgen de la Almudena”.

Dedicado a mi amigo "Jamezua".

20 Abril 2006

El Paso.

El viaje fue largo y llovía cuando llegamos a la ciudad. Mi amigo me había convencido para que le acompañara a pasar la Semana Santa con él, en casa de sus padres, que estaban de excusión por los Pirineos.
La ciudad apareció sombría, tras la última curva, bajo el cielo ceniciento y triste. La montaña, que reinaba sobre la urbe, tenía pequeños jirones de niebla enredados entre los viejos edificios. Mientras conducía observé las casas pequeñas y blancas apiñadas en la ladera, los edificios modernos, más altos, rodeando la elevación, las torres de las iglesias sobresaliendo como cipreses en un bosque bajo de piedra y ladrillo. Entramos por una amplia avenida, casi colapsada por el tráfico, en dirección al centro. Las calles, a pesar del agua, rebosaban actividad y parecían ríos de paraguas. Gente que entraba y salía de comercios, bares y restaurantes. Técnicos y policías preparaban las procesiones de la tarde y la noche.
Aparcamos cerca de la casa y entramos en un bar para tomar unas cervezas. El dueño, que conocía a mi amigo, “desde que era un enano gamberro” según me dijo, comentó que la lluvia podía suspender muchos de los pasos. Muchos llevaban todo el año preparando los actos de esa semana y se esperaba que el tiempo mejorara.
Nunca fui amigo de las cuestiones religiosas y mucho menos de aquellos actos socio-folclóricos que para mi nada significaban. Un par de comentarios irónicos y varios parroquianos me miraron con odio.

- ¡Respeta, chaval, respeta... que aquí es algo serio!.- me advirtió el dueño con una mirada entre amenazadora e irónica.

Antonio, mi amigo, me pidió que dejase mi sorna para otro momento y apuró su vaso disgustado.
Ya en la calle me explicó que en la ciudad tenían, algunos, mucha devoción por las imágenes que yo decía que “sacaban a pasear”.

- Ten en cuenta que hay familias con generaciones de costaleros... Los que llevan las imágenes.- me explicó ante mi mirada extrañada- Para ellos es importante. Es solo que respetes sus creencias.

Yo seguía mirándole sin comprenderle del todo. No podía imaginar que para él todo aquel “montaje” pudiese significar algo. En la universidad jamás había dado muestras de ser un creyente. Desde pequeño siempre me habían parecido aquellas devociones pasatiempos de gentes supersticiosas, aunque estaba dispuesto a establecer una tregua... sobre todo porque era el invitado y me iba a pasar unos días viviendo de gorra.

La casa, un cuarto piso en un edificio muy viejo, era antigua y grande y pronto entendí algo más sobre la familia de Antonio. Un larguísimo pasillo distribuía las estancias a izquierda y derecha, como al azar, y en los primeros minutos me costó recordar donde estaba cada cuarto. En ninguna de las oscuras habitaciones faltaba un crucifijo o un retrato de la Virgen. Parecía que habíamos viajado a una casa señorial del siglo XIX, con aquellas cortinas enormes y el brasero bajo la mesa del comedor. Propietarios antiguos de tierras, las riquezas de otros tiempos aún se reflejaban en las enormes lámparas de cristal o en los enormes muebles y espejos. Sillones de piel desgastada; enormes librerías llenas de volúmenes polvorientos; vitrinas frágiles y acristaladas, repletas de vajillas finas y cuberterías que se me antojaron de plata; un piano de pared, con sus candelabros adosados, coronado por retratos familiares que en su mayoría habrían fallecido. La cocina, donde podíamos meter nuestro apartamento de estudiantes y todavía sobraría sitio, estaba presidida por una gran mesa y rodeada por electrodomésticos antiguos y modernos. Por todo el piso había cuadros que parecían muy viejos y armas y escudos militares. La cama de la habitación que ocuparía era un océano de algodón, con cabecero de sólido roble negro. Estaba seguro que más de un pariente de Antonio habría muerto en ese lecho.
El baño cercano, de azulejos blancos, parecía sacado de una película de terror con aquella bañera de patas y grifería dorada. De la cisterna elevada pendía una cadenita y un tirador: algo que no veía desde la infancia.
Antes de guardar la ropa de la mochila en el armario, abrí la ventana y comprobé que había dejado de llover. Un gato negro se rozó con el final de mis pantalones y lo alejé con un golpecillo del zapato: no me gustan los felinos y él lo comprendió en seguida y salió en busca de su amo. En el exterior, las aceras aún estaban mojadas, el asfalto brillaba con reflejos plateados y los transeúntes iban a sus comidas. Frente a mi mirador, se alzaba una iglesia pequeña y encalada de la que aún salían algunas viejecitas. ¡Que diferente me pareció aquella ciudad de provincias de la capital en la que vivíamos!. Todo parecía más pausado: se caminaba más despacio, los autos iban más lentos... nadie parecía tener prisa y supuse que la agitación se debía más a las celebraciones de la tarde y la noche, que al estilo habitual de la ciudad.

Por la tarde, después de comer con tapas en un bar acogedor, sede de una peña taurina –Antonio me presentó a algunas figuras famosas de los ruedos de la comarca-, el sol brillaba en el cielo y mi amigo me enseñó la ciudad. Me llamó la atención el largo paseo, estilo rambla, que entre puestos de flores, kioscos de helados y prensa y algún vendedor de copias de películas y música, recorrimos. Volvieron a mi memoria los momentos de la niñez y las calles parecidas de Valencia. Me sentía de nuevo allí por las palmeras, los anuncios de los cines al aire libre, el presentimiento del mar, los vendedores de frutos secos y golosinas...
Acabamos en un pequeño pub, decorado con colores suaves y neones encendidos formando dibujos y palabras. La música de ambiente era de buen jazz y estuvimos más de dos horas disfrutando de las bebidas, de la charla tranquila y las melodías de origen afroamericano. La camarera, una joven de color de generoso escote, animó, con sus movimientos musicales, el paisaje de un local casi vacío.
A las siete menos cuarto, el dueño nos dijo que iba a cerrar por las procesiones y, pagando, salimos a la calle. En asientos, que se vendían en un kiosco especial, cercados por terciopelo púrpura, cientos de espectadores pudientes esperaban el paso de las imágenes. Le pedí a mi amigo que volviéramos a su casa, porque no estaba dispuesto a ver aquello.
Complaciéndome, puso una película de comedia y estuvimos viéndola y tomando cerveza mientras la gente, fuera, cantaba saetas de dolor a las imágenes de la Pasión. Bebimos demasiado y yo empecé a encontrarme mal. Fui al servicio varias veces, pero no conseguí vomitar. Mi amigo se había quedado dormido en el sofá y le tapé con su propia chaqueta de cuero.
A tientas y mareado, conseguí llegar hasta la cama. Con dificultad conseguí desvestirme y meterme bajo las sábanas. Me quedé mirando al techo y todo me daba vueltas. La lámpara parecía agitada por un terremoto que afectaba a la habitación. Sin saber como, me dormí o perdí el sentido.

No sé que hora era cuando algo me despertó. Entre las sombras que solo rompían las luces de la calle, figuras chinescas bailaron por el cielo gris del cuarto obscuro. A lo lejos oí tambores lejanos acercándose. Todo lo demás era silencio.
Los redobles fueron aumentando a medida que la procesión debía acercarse a la iglesia cercana. En la noche, aquella música persistente y obsesiva era hipnótica y parecía entrar en mi cerebro. Estaba descubriendo que la música de aquellos actos también me era muy desagradable, cuando unos toques de trompetas rompieron la monotonía infinita de las percusiones solitarias. Solo unas notas como gritos que desgarraban la noche. Miré al ventanal y noté como, atravesando las cortinas, se intensificaba la luz a medida que el cortejo se acercaba. Golpes sobre las pieles redondas, silencio y nuevos golpes, en una sucesión agotadora. Era insoportable y debía ser muy tarde. ¿Dormía alguien en aquella ciudad en esos días?.
Los redobles sonaron muy cerca; debían estar pasando justo bajo la ventana y sentí como vibraban los cristales de toda la casa. Y los ecos cortos y repetitivos crecían y crecían...
Hasta que de repente, cesaron. La ausencia de sonidos me golpeó por su profundidad y durante unos segundos creí haberme quedado sordo. Casi sin querer, como para comprobar que aún oía, carraspeé y me respondieron cientos de tambores con un nuevo redoble al unísono, como un trueno rítmico.

Y toda la sucesión comenzó de nuevo, pero aún más alta, más cercana. Asustado, sentí algo sobre la cama y sobresaltado me incorporé. Allí estaba el maldito gato clavándome sus ojos luminosos y desafiantes. De un puntapié salió disparado y desapareció. Aun medio levantando noté un resplandor que se movía en el pasillo y supuse que era mi amigo. Le llamé sin respuesta, pero no me extrañó por los atronadores instrumentos que lo llenaban todo. Intenté encender la luz, pero el interruptor no cambió nada. Faltaría, pensé, la corriente eléctrica y Antonio venía con algunas velas. En aquel momento, un figura entró en la habitación: un encapuchado rojo llevaba un estandarte, que bajó un instante para pasar el marco de la puerta, y caminaba al compás de la música. Sin detenerse avanzó unos metros por la habitación y dos penitentes más, de agudos tocados cónicos entraron en la estancia, guardando el paso y la distancia con el primero. Justo unos pasos detrás, otra pareja idéntica de nazarenos, con sus mismos ropajes blancos y morados, los mismos cordones dorados en la cintura, los mismos cirios en las manos. La música seguía marcando el ritmo del cortejo y yo abría los ojos aterrados cuando el primero se acercó al gran ventanal y este, movido por un aire extraño que corrió cortinajes y cierres, se abrió para él. Sin detenerse, la procesión, a la que se sumaban más seguidores, cruzaba el fondo de la habitación y seguía por la salida imposible del ventanal. Recordé horrorizado que estábamos en un cuarto piso. A las diez o doce parejas calcadas de precesionarios, les siguió otro enmascarado con capucha roja, como el primero, e intuí que algo nuevo se acercaba. Sentado en la cama, me froté los ojos alucinado por el espantoso espectáculo. La luz del pasillo se intensificó y una gran base, inexplicablemente por las dimensiones, comenzó a avanzar tras los encapuchados. Sobre ella, entre flores de azahar, cuyo perfume llenó el dormitorio, y una multitud de largas velas una virgen, de rojo y largo manto, bajo palio. Vi como el conjunto se balanceaba al ritmo de los costaleros que la llevaban, de los que solo pude ver los pies descalzos que se movían debajo y con un grito de corneta todo se detuvo. En silencio, aquella fotografía alucinante parecía suspendida en el tiempo.
Me quedé mirando el rostro de la Virgen, aquel perfil femenino coronado por una diadema de oro casi cegadora y atónito, espantando, vi como la cabeza giraba y aquellos ojos azules de vidrio, sin vida, me miraban...

Un gritó me despertó. Mi propio grito de terror. En la puerta, Antonio me miraba socarrón:

- Una pesadilla, ¿eh?.- y me guiñó un ojo. Añadió que si nos vestíamos podríamos tomar un desayuno tardío o un aperitivo adelantado en algún local cercano y salió riendo por el pasillo.
- Ni te cuento.- respondí aturdido y húmedo por el sudor. Su risa me devolvió imágenes del sueño y procuré pensar en otras cosas para esquivar el miedo que aún sentía.

Me duché rápido en la bañera de patas, me vestí y me senté en la cama para calzarme. Según me ataba los cordones de las deportivas miré al suelo cercano a los pies de la cama.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo: hileras de gotas de cera seca manchaban todo el suelo desde el pasillo hasta el ventanal cerrado. Sobre ellas, pequeños pétalos de rosas. En el aire, un aroma de azahar.

5 Abril 2006

A la orilla del río había un pequeño guijarro. Se sentía muy desgraciado porque era de los más pequeños que había cerca y no encontraba sentido a su existencia. Era uno más: ni muy grande, ni muy brillante, ni con una forma especial. Es cierto que, durante el transcurso de los días, y aunque él no era consciente de ello, iba cambiando de tonalidades. Era casi negro azabache por noche, cuando solo la luna callada iluminaba el cauce invisible; gris perla por la madrugada, cuando el sol se presentía en el horizonte lejano; anaranjado, como una mandarina, con las primeras luces del alba que se disparaban desde las montañas y se arrastraban sobre los bordes sinuosos de las rocas; dorado a plena luz del sol, cuando el calor evaporaba las salpicaduras de la corriente saltarina y gris plateado cuando se mojaba por la lluvia.
No recordaba como había nacido y para él siempre había un momento presente interminable. Veía el movimiento del río, las maderas que flotaban, los movimientos de los peces y el baile de los árboles, pero se sentía muy desdichado. Ni siquiera le alegraba el murmullo del agua sobre las piedras, ni el silbido del viento entre los chopos.
En algunas ocasiones los humanos iban al río para recoger agua, lavar la ropa, fregar los utensilios de la comida, conseguir madera, piedras o para pescar. Todo parecía ser útil, tener algún sentido, menos él.
Ni siquiera los insectos voladores lo utilizaban como atalaya. Las libélulas o las avispas preferían plataformas más elevadas. Tampoco era tan pequeño como para que los pájaros lo llevaran a sus nidos.
Los osos y los humanos capturaban salmones que les servían de comida. Los troncos daban madera para muebles o para las hogueras. Con las piedras grandes construían casas, cercas o rodeaban los fuegos para controlarlos. Mucho tiempo atrás, los cantos rodados también se utilizaron como herramientas y armas, pero él era demasiado pequeño para servir.
Cuando llovía quedaba, a veces, penosamente sumergido en un pequeño charco, entre las grandes piedras de su alrededor. Cuando el nivel bajaba, estaba cubierto de barro que el aire y el calor, cuando se secaba, le iban quitando poco a poco. La nieve, en invierno, le cubría enseguida con su manto blanco y frío.

Una tarde, de un día cualquiera, inesperadamente, un alimoche se posó cerca de él y, tras mirar los guijarros sopesándolos, le cogió con su pico. Iniciando el vuelo, lo levantó por los aires y el guijarro sintió el vértigo de las alturas. Pudo ver el río empequeñeciendo hasta un hilo plateado, los árboles volverse una masa verde y difusa, el valle entero alejándose. El guijarro se alegró por aquella aventura de desconocido final, que le sacaba por fin de su triste monotonía. Sentía el aire raudo sobre su superficie, el batir de las alas, el vacío bajo él. De haber podido, se hubiera estremecido de emoción.

El ave voló hasta las montañas y descendió en un pequeño claro entre las rocas. Allí había un huevo. El pájaro arrojó el guijarro contra la cáscara varias veces hasta que, por fin, consiguió abrir una grieta lo suficientemente ancha como para introducir el pico y comerse el contenido. Después, cuando acabó, emprendió de nuevo el vuelo.

Desde aquel día el guijarro entendió el significado de su existencia y fue feliz.

4 Abril 2006

A mitad de curso, empezó a venir a clase un nuevo compañero que se llamaba Jorge. Era pelirrojo, pequeño y siempre parecía asustado. Por eso no tardó mucho en convertirse en el blanco de las burlas y las bromas de nuestro grupo. Le insultábamos llamándole “zanahoria” o “panocha”.
Rafael, nuestro jefe, alto y fuerte y que fumaba a escondidas, era el que más chanzas decía de él. Por muy tonto que fuese el escarnio, Pedro, al que llamábamos "El oso" en secreto, porque era muy peludo, Luis, “El cobardica” y Dámaso, sus secuaces y “guardaespaldas”, siempre se reían como si hubiesen oído lo más gracioso del mundo. El que no estaba con Rafael, estaba en contra de él y, por su mala fama de matón en todo el Albaicín, todos le temíamos. La leyenda decía que ya le habían expulsado de dos colegios de Granada y que tuvo algún encuentro con la policía. Si alguien osaba llamarle “lentejas”, porque tenía la cara llena de pecas, se ganaba una buena tunda y se podía quedar sin el móvil o sin el mp3. Además de su guardia personal, algunas veces Gerardo y yo nos uníamos a los cuatro en las aventuras por la ciudad o cuando quedábamos en casa de alguno para jugar a la Play o al Monopoly. Otras veces íbamos a cazar pájaros al Sacromonte, lagartijas a las murallas o ranas al río Darro.
Un día cercano al fin de curso, cuando ya empezaba el buen tiempo, Rafael nos dijo en el recreo que había que pegar a Jorgito, como le llamábamos todos. Se había enterado de algo de la familia del nuevo y había decidido que se merecía una paliza. Nos advirtió que el que no se uniera al grupo de castigo era un traidor y una nenaza. La operación se realizaría esa misma tarde, al salir de la escuela, en la calle del Horno de Oro, cuando fuese camino de su casa. Gerardo quiso saber el motivo, pero Rafael aplazó la respuesta para la salida.
La última hora se nos hizo eterna y ninguno prestamos atención a la explicación de los fluidos que parecía deleitar a la profesora.

Cuando sonó el timbre a las seis, dejamos las mochilas en un rincón de la clase y salimos corriendo hasta la esquina de la calle Valenzuela. Esperando, nos pasamos un cigarrillo que encendió Rafa. Volví a preguntar el motivo del ataque y nuestro líder, hablando muy bajito, nos dijo que el abuelo de Jorge había matado a alguien en la guerra. “Pues como en todas las guerras, ¿no?”, argumentó Gerardo. “Ya”, dijo Rafa, “pero lo peor es a quien mató”. Todos nos quedamos expectantes y desando que nos revelara el secreto. Los transeúntes miraban curiosos al grupo de chavales que formábamos un pequeño grupo, susurrando junto a la entrada de un portal. “Es muy fuerte... no sé si contarlo”, dijo buscando intrigarnos. Ante las protestas de todos, nos contó el secreto. “Su abuelo mató a García Lorca”. “¿A quién?”, preguntó Luis, que nunca se enteraba de nada. “No seas bruto. A Federico García Lorca, el mejor poeta de Granada y el mejor del mundo”, sentenció Rafael. “Pues claro, el mejor”, subrayó “El oso”. Nos explicó Rafa que se lo había contado su padre, que se había enterado por un compañero de trabajo.
El sol dorado del atardecer brillaba en tonos anaranjados en los muros de la Alhambra, como una corona luminosa de la ciudad. Ciudadanos alegres, por el final de una primavera suave, turistas de diversos países, recorrían las calles, llenaban las terrazas y paseos como presagio del verano cercano.
Antes de que el jefe nos pudiese dar más detalles, vimos a lo lejos a Jorge andando despacio, bajo el peso de su mochila sobrecargada. Al grito de “a por él” salimos los seis corriendo a su encuentro. Jorgito, que adivinó nuestras intenciones, huyó subiendo por el Paseo de los Tristes. El peso de su carga aminoraba la distancia con nosotros y arrojó la mochila en mitad de la calle, entre una desbandada de palomas alborotadas. Nuestros pasos resonaban en el empedrado irregular, entre las protestas de los viandantes y nuestras amenazas malsonantes.
Cruzando un puente de piedra, seguimos acortando nuestra separación por la Cuesta de los Chinos y, cuando giró en una esquina, le perdimos junto a la muralla, cerca de la Torre de la Bruja. Dudamos unos instantes desconcertados, pero Rafael se dio cuenta de que, entre los arbustos, había un hueco que entraba en el recinto y le seguimos, con dificultades por lo angosto del paso, cuando entró a gatas. Luis, cuando se vio en el interior, comenzó a temblar y dijo que se volvía a casa. Solo las amenazas de Rafa le convencieron. Todos sabíamos que si nos descubrían los guardias, nos meteríamos en un buen lío, pero, al mismo tiempo, la sensación de peligro y nuestra misión de venganza nos impulsaron a seguir la persecución.
A Jorge le vimos correr, por la calle Real, hacia los edificios y Pedro, el más rápido de todos, salió disparado en su busca. “Pedro le agarra, fijo”, anunció.
Los visitantes iban poco a poco hacia las puertas de salida, entretenidos en sus fotografías, planos y recuerdos y casi no nos prestaban atención. Había niños que protestaban cansados; turistas que se hacían con las últimas imágenes con sus cámaras; visitantes que merendaban, bocadillos y refrescos, en los bancos de los paseos.
Pasamos a la carrera junto a los muros de la Iglesia de Santa María y el Patio de los Leones. “El oso” nos llamó desde los muros cercanos a la Torre de las Damas. Cuando llegamos vimos que tenía sujeto a Jorge, retorciéndole el brazo por la espalda. El cautivo empezó a insultarnos, muerto de miedo y nuestro jefe le tapó la boca con la mano. “Si me muerdes, te rompo los dientes”, advirtió severo.
Por estar muy a la vista, le llevamos hacia la Torre de los Picos, sujeto por los tres secuaces, con el líder a la cabeza; Gerardo y yo cerrábamos el grupo.

En una pequeña, obscura y solitaria salita, llena de símbolos geométricos y letras árabes en las paredes y el techo, nos detuvimos a la espera de las ordenes de “El lentejas”. Todos sentíamos que era un poco extraño empezar a pegarle así como así. Gerardo le preguntó si era verdad lo de que su abuelo había matado a Lorca, pero el preso no contestó. “¿Lo veis?, sí lo hizo”, acusó nuestro jefe. “Mi madre dice que el que calla otorga”, añadió, aunque yo no sabía bien que quería decir “otorgar”.
“Confiesa”, rugió Pedro dándole un empujón que casi le derriba con el grupo que le sujetaba. Jorge empezó a llorar y yo me compadecí de él, aunque no me atreví a decir nada.
Terriblemente y señalando el ventanal, Rafael dijo que le íbamos a tirar por allí. Luis dijo que el no quería saber nada y antes de que nadie reaccionara, ya se había ido. Sé que “El lentejas” era capaz de hacerlo y temblé de miedo. Estaba dispuesto a salir huyendo y gritando para pedir ayuda. Me daba igual que Rafa fuese después a por mí. Ya me escondería o me protegería mi padre.

Pero no hizo falta...

Entre sollozos, Jorge empezó a decir algo muy bajo y de manera entrecortada. “¿Rezas, asesino?”, le escupió Rafa. Gerardo le pidió que parase y propuso que le dejáramos en paz, pero el mandamás se volvió como una serpiente y le dijo que si le defendía, también iría abajo. El defensor cerró la boca asustado.
Poco a poco las frases de Jorge se hicieron más comprensibles y todos nos quedamos en silencio escuchando las palabras. Resonaban con un pequeño eco y parecían recorrer pasillos y salas. Al poco, identifiqué lo que recitaba: eran versos de poemas de García Lorca y así lo dije. Mi madre cantaba en la cocina coplas, con frases que me dijo de Lorca, y algunas coincidían. Sorprendidos por el manantial de palabras, de las que desconocíamos muchos significados, le miramos callados. Su tono se volvió más firme y las figuras más claras. Vimos imágenes del Guadalquivir, de guitarras que lloraban, de lagartos enamorados, de mariposas negras, de trinos amarillos de canarios... Nos maravillaba que se hubiera aprendido tantas palabras y le escuchábamos como hechizados. Le soltaron y él siguió, poema tras poema, pronunciando despacio cada palabra, dándoles un sentido que me pareció mágico.
Casi una hora estuvimos escuchando a Jorge y tal vez hubiéramos estado más tiempo, si no nos hubiese descubierto un guardia que, sobresaltándonos, nos descubrió y echó de malos modos. Nos siguió hasta la salida más cercana y nos amenazó con la policía si nos volvía a pillar allí dentro cuando estuviese cerrado.

Sin decir nada, todos volvimos al Paseo de los Tristes y, según la orden de Rafael, comenzamos a buscar la mochila de Jorge que nos devolvió el camarero de una terraza.

Desde aquel día, Jorgito fue uno más del grupo. Rafael pasó a ser su protector y nadie se atrevió a mencionar el supuesto crimen del abuelo. Le llamábamos, claro, “El poeta” y de vez en cuando, durante todo aquel verano, reunidos a su alrededor, en lo más escondido del Sacromonte, para que nadie que no fuéramos nosotros le oyera, nos recitaba los muchos poemas que había aprendido de memoria. Aquellos recitales, al aire libre, entre los árboles y con la Alhambra al fondo, nos encantaban. También nos explicaba las palabras que no entendíamos y nos contaba lo que creía que quería decir Lorca.

Jorge nunca nos dijo si realmente su abuelo había matado a Lorca, pero algunos pensamos, firmemente, que el espíritu del poeta granadino sí que le había salvado la vida a él.

3 Marzo 2006

Sabía que me traería problemas, nada más verla entrar por la puerta. Aquella viejecita, con su sombrero de paja, su chaqueta de lana, su enorme falda floreada, entró y se sentó en un ordenador cercano a mi mesa. Desde el primer día, ocupaba siempre el mismo ordenador, que reservaba previamente en la sesión anterior. Solía entrar en páginas de vudú y en el servicio de mensajes instantáneos, supongo que para contactar con algunos familiares lejanos. Aunque era una anciana loca, con sus manías, nunca tuve en realidad problemas, salvo aquella tarde.

La que me encantaba era Linda, la joven universitaria que venía todos los viernes por la noche. Con sus largas piernas, su falda breve, sus camisas ajustadas – siempre de escote generoso – y su pelo corto y juvenil, hacia las delicias de los jugadores masculinos desde los 12 a los 67 años, que tenía el señor William. Linda entraba en los foros de una universidad, en la que supongo que estudiaba, y chateaba casi al mismo tiempo.

El resto, salvo una o dos niñas pecosas y con coletas, eran todos varones que se destrozaban en las arenas del desierto a golpe de disparo de M16, luchaban con espadas en las almenas de remotos castillos, intentaban aterrizar enormes aviones en pistas de aterrizaje diminutas o se desintegraban mutuamente con poderosísimos rayos láser. Incluso el señor William jugaba de vez en cuando a un juego de estrategia en tiempo real, aunque la mayor parte del tiempo jugaba al ajedrez y escribía largos textos en el procesador de palabras.

La sala era grande y estaba bien iluminada con unas lámparas de neón. En cuatro hileras centrales y contra las paredes, se encontraban cien ordenadores de varias marcas y modelos. Teníamos desde veloces equipos de última generación, hasta computadoras tan viejas que casi no podían con la rápida conexión y que se quedaban bloqueadas de vez en cuando. Alguno tenía un volante sujeto a la mesa y muchos tenían joysticks. Los equipos antiguos eran los que más me obligaban a moverme del ordenador central que dominaba mi mesa en el rincón del fondo. Esto y los aprendices, los que llegaban queriendo entrar en Internet, pero sin haber puesto antes sus dedos sobre un teclado. A estos había que enseñarles lo básico para que pudiesen navegar por la Red de Redes y encontrar a sus amigos o familiares en los chats. Solían ser gente de cuarenta años o más, que se quedaron desfasados con el veloz avance de la informática.
Los chavales venían por el juego de combate o estrategia de moda y se ayudaban con los comandos de control entre ellos y pronto aprendían a entrar en clanes o organizar partidas con otros jugadores de la sala. Eran, por lo general, muy escandalosos y tenía que llamarles la atención de vez en cuando, para que no acabasen gritándose feroces insultos y amenazas, que, normalmente, se quedaban en bravuconadas inocentes. Los demás clientes se quejaban y con razón, del vocerío y las carreras de unas computadoras a otras.

Como digo, nunca hubo grandes problemas y mi trabajo era muy rutinario: a las diez, abrir el local, encender las luces y los equipos, hacer alguna pequeña reparación en el software (de los componentes físicos en si, se ocupaban dos técnicos que venían, dos veces en semana, de la central que me concedió la franquicia), pasar los programas antivirus y desinstalar algunos programas espías. Atender a los clientes hasta las dos, apagar los equipos y cerrar el local hasta las cuatro y comer, en ese tiempo, en el bar de enfrente. A esa hora, volver a abrir y encender de nuevo los sistemas hasta las diez, que era cuando se cerraba definitivamente hasta el siguiente día. Así durante toda la semana, los sábados y domingos hay otro encargado.

Aquella tarde todo empezó normalmente hasta que llegó la anciana. Era lunes y el sábado, mi compañero, se saltó inadvertidamente la reserva que yo había hecho el viernes. Así, cuando ella llegó, se encontró su ordenador ocupado. Esperaba que ella se pusiese en otro equipo, aunque sabía que iba a tener problemas. Me lo confirmó el verla venir directa a mi mesa. Estaba muy enfadada y me provocó con sus irónicos comentarios y agudas insinuaciones. Intenté calmarla y le sugerí que se sentase delante de cualquier otra computadora libre, pero ella rechazó con firmeza mi oferta. Al final, sé que me excedí, acabé echándola del local con palabras destempladas. Me reí abiertamente de la maldición que arrojó sobre el local y la escupí varios insultos según se alejaba por la calle. Minutos después, tuve que arrepentirme de lo que acaba de hacer.

Linda entró y ocupó uno de los puestos con sus libros y su chaqueta de cuero sobre la silla. Me pidió dos horas con acceso a Internet y volvió a su mesa. Con mis mejores intenciones, saqué un refresco de la máquina expendedora y se lo llevé. Rechazó la invitación muy amablemente y volvió su mirada a la pantalla. Supe que no iba a tener suerte y volví derrotado a mi sitio.
De nuevo en mi mesa, continué mi crucigrama y me costó volver a concentrarme en las palabras. Me sentía decepcionado de mi propio comportamiento con la vieja, pero me pagaban tan poco, que no estaba dispuesto a aguantar a locas impertinentes. Así estaba enfrascado en mis pensamientos, cuando, al levantar la vista, la vi allí: En uno de los pasillos una joven desnuda se contoneaba delante de unos chavales alucinados. No me lo podía creer. Otra loca y en la misma tarde. Con su piel morena y sus grandes senos, arrancaba suspiros y gritos de placer de los jóvenes boquiabiertos que la rodeaban. Corrí hacia ella, diciéndole que no podía estar allí de esa forma y cuando estuve a su lado tuve que superar mi propia fascinación para poder hablar:

- Señorita, perdone, pero en este lugar hay menores y usted tiene que vestirse.
- ¡Eh, bobo, deja a la chica que baile!.- me pidió uno de los chavales que admiraban el improvisado espectáculo.

Pensé con que podría taparla y me extrañó no encontrar su ropa por el suelo. Decidí ponerle mi chaqueta y cuando lo iba a hacer, algo extraño llamó mi atención al otro lado de la sala. Casi en el rincón, cercano a Linda, un soldado uniformado apuntaba con un rifle ametrallador al señor William y le gritaba en alemán algo que sonaba amenazador. En la distancia pude distinguir sus insignias plateadas: “SS”. ¿Dé donde diablos había salido?. El señor William que hubiese estado pálido, de no ser negro, parecía aterrorizado y apunto de desmayarse. Corrí hacia el soldado, pero este me descubrió y comenzó a disparar hacia mí. Oí silbar las balas a mí alrededor, pero me tumbé en el suelo, mientras uno de los monitores y un joystick saltaban hechos pedazos, y gateé hasta detrás de las mesas.. Miré a mí alrededor y me di cuenta de que todos los clientes estaban en el suelo. Una pequeña humareda ascendió de los restos y activó el riego contra incendios. ¡Cielos, llovía a mares en un instante!. Con el agua, otras pantallas estallaron ruidosamente. ¡¡Era el caos!!.

Un chaval dijo:

- ¡Eh, es igualito al soldado de mi juego!. ¡¡Fantástico!!.

Y en ese momento lo entendí. “¡¡Rápido, pulsa “escape!!”. Pero el niño dijo que él no se levantaba ni por todo el oro del mundo. El alemán seguía gritando y yo sabía que tenía que hacer algo. Sin dudarlo, salté al lado del ordenador en cuestión y levantando la mano por encima de la mesa, busque el teclado y lo bajé al suelo. Oí más disparos. Pulsé la tecla escape y la voz del soldado se interrumpió de golpe. Me levanté con precaución y comprobé, con alivio, que el nazi ya no estaba.
Lo malo fue el individuo que ahora estaba junto a mi mesa: un tipo enorme, lleno de cadenas que colgaban de su cuello y desnudo de cintura para arriba. En sus manos agitaba una sierra eléctrica que zumbaba como una motocicleta. Visto y no visto, partió por la mitad el tablero y el mueble cayo al suelo en dos piezas en una nube de serrín. El tipo gritaba de satisfacción y eso fue bastante como para que una procesión de chavales salieran gateando por la puerta hacia la calle. Linda grito de pavor y salió corriendo.
William, recuperándose aún de su propio miedo, puso pies en polvorosa y salió aullando y saltando por encima de los demás.

Me estaba quedando solo, pero me sentía aliviado porque nadie hubiese resultado herido. Miré hacia la chica desnuda, también tumbada tras una mesa y le dije que no se moviese. Tenía que hacer algo y pronto. Unos golpes metálicos me intrigaron lo suficiente como para asomarme entre dos monitores. Peleando con el bestia había ¿un caballero medieval con su armadura y su espada?. A mandoblazos intentaba acertar en el cuerpo del otro, pero este resistía los embates con la sierra eléctrica a modo de escudo. Era una pelea colosal. El mandoble y la sierra chocaban entre si, disparando chispas del metal.

Si no hubiese sido por el peligro que la situación presagiaba, hubiese huido sin mirar atrás. Empecé a apagar ordenadores, pero me di cuenta de que no era esa la forma: tenía que llegar al ordenador central y desde allí, desactivar todos los demás. El problema eran los dos salvajes y sus armas cortantes. De repente, otro sonido vino de la calle. A través del cristal descubrí un carro de combate enorme apunto de embestir contra los automóviles aparcados frente al local. Aquello era demasiado. Me arrastre rápido y me acerque dando un pequeño rodeo. En el siguiente pasillo vi una enorme esfera amarilla que avanzaba deprisa y que destruía todo lo que encontraba a su paso: ¡¡un comecocos!!.
A dos metros de los restos de mi mesa, me giré hacia atrás y casi me desmayo. Un enorme diablo rojo ocupaba el centro de la sala y con sus garras de afiladas uñas destrozaba ordenadores, mesas y sillas. Su cola espinosa acaba de lanzar al de la sierra por la ventana, con un estruendo de cristales. En un instante, nuestras miradas se cruzaron y le presentí corriendo hacia mí, mientras me lanzaba al cable de alimentación enchufado a la toma de la pared. Los temblores del suelo me avisaban de que estaba muy cerca. Tiré del cable, pero no conseguí desenchufarlo. Una mano enorme y roja me cogió y tiró de mí. “Sí, tira, tira”, rogué, sosteniendo el cable entre mis manos. Su fuerza era increíble y noté que me faltaba el aliento. Un segundo después, me encontré en el suelo: el enchufe arrancado con base y todo estaba a mi lado.

Me puse en pie y noté que estaba solo. El local era un amasijo de computadoras, sillas y mesas destrozadas. Varias lámparas colgaban como podían del falso techo, arrancado en varias zonas. Había algo de humo y de un hueco de la pared del fondo salía un chorro de agua. De los aspersores seguía cayendo agua en una lluvia mansa e inútil. En la calle, frente al escaparate, dos vehículos aparecían aplastados en un revoltijo de chapa y neumáticos.

Sentado en una silla, me lleve las manos a la frente y pensé en como iba a arreglar todo aquello y, lo más importante, como iba a decírselo a los dueños de la franquicia y a los dueños del local en alquiler.

En la calle, entre las lunas destrozadas, descubrí a la anciana mirándome. Sonreía.

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The current mood of Bluesea at www.imood.com Soy como soy: un amante de la vida en general y de todo en particular. Puedo disfrutar de la misma manera de una obra de Juan Sebastián Bach que de una hamburguesa con patatas, en compañía de un buen vino y un buen amigo. Enamorado del cine, de la literatura, del vuelo y la velocidad, de la pintura y la música bailable. Adoro defender al ser humano y a los animales. Me considero más budista que cristiano, aunque admiro la figura de Jesús. Estoy en contra de la guerra, la injusticia, la avaricia, el machismo, la violencia y todo aquello que dañe al otro. Humano en fin, lleno de defectos y con algunas virtudes. Si perdono a otros sus tonterías, ¿cómo no perdonar las mías?.

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